La coruñesa Mónica Nión, coautora de «Sin velo», la historia de Khadija Amin: «Su mayor dolor son sus hijos, no los ha podido recuperar»

C. Devesa A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

Mónica Nion y Khadija Amin, autoras de «Sin velo:una mujer libre contra los talibanes», obra que presentan este jueves en A Coruña
Mónica Nion y Khadija Amin, autoras de «Sin velo:una mujer libre contra los talibanes», obra que presentan este jueves en A Coruña Jose Antonio Rojo

Khadija, que era presentadora de informativos, huyó de su país tras la llegada al poder de los talibanes. Las dos periodistas presentarán la obra este jueves en la librería Mal Hablada

08 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

«Una ardilla tiene más libertad que una mujer en Afganistán». Con esa frase denunció la actriz Meryl Streep en la Asamblea General de la ONU la situación del país. Una realidad, la pérdida absoluta de los derechos de las mujeres, que vivió en primera persona la periodista afgana Khadija Amin. De un día para otro tuvo que huir de su país, donde era presentadora de informativos, y pedir refugio en España. Ahora está tramitando la nacionalidad, un punto clave para poder regresar con protección e intentar recuperar a sus hijos. «En cuanto ponga un pie en Afganistán la detienen y se la cargan», dice la coruñesa Mónica Nión, que junto a ella plasmó su historia en Sin velo: una mujer libre contra los talibanes. Ambas presentarán este jueves la obra en la librería Mal Hablada de A Coruña, a las 19.00 horas.

—¿Cómo conoció a Khadija?

—Trabajamos en la misma productora en Madrid. Comenzamos a hablar poco a poco. Lo típico: en el baño del trabajo, en el comedor o en la cocina cuando calentábamos el táper. Después, a través de esa cotidianidad, ya me fue contando su historia.

—Cuando la editorial le propuso publicar su trayectoria, ella tuvo claro que tenía que hacerlo usted.

—Desde Penguin le plantearon buscar a firmas conocidas o expertos en Afganistán, pero ella les dijo: «No, yo os voy a traer una periodista». Y me eligió a mí, que soy una obrera de esto y no estoy en el foco; pero ella me conocía. Las mujeres musulmanas afganas no se abren, ni siquiera con sus propias amigas o familia. Pero, de alguna forma, yo ya había llegado a ella. Hablamos no solo de su vida y del periplo que supuso su huida, sino de cosas mucho más íntimas: de violencia de género, de sexo, de sus sueños... Luego hubo un ejercicio de periodismo y de catarsis, pero todo surgió de la amistad de dos compañeras.

«Si tiene algún sentido haber estudiado periodismo es por escribir esta historia»

—¿Cómo recibió su propuesta?

—Primero pensé que narrativamente la historia es trepidante, ya que además de periodista soy guionista. También sentí que, si tiene algún sentido el haber estudiado periodismo en la Universidade de Santiago, es por escribir esta historia. Estamos hablando de derechos humanos. Hacerlo fue durísimo, pero un regalo. Fue difícil para ella abrirse y para mí volver a preguntar, porque tenía que conocer muchísimos detalles. Queríamos que el lector pudiera sentir la historia más allá de conocer lo que pasa en Afganistán, donde hay un contexto histórico en cada capítulo. Está escrito en primera persona para que se sepa no solo lo que pasó, sino cómo se sintió ella. Creo que lo logramos, pero fue muy doloroso para las dos meternos ahí.

—Es difícil equilibrar tanto dolor y a la vez hablar de esperanza.

—Totalmente. Si algo me ha enseñado ella y escribir este libro es que, primero, yo no sabía nada de Afganistán y, luego, que no teníamos nada que ver. Ella tenía 31 años, una joven de Kabul, y yo tengo 49 años y soy de A Coruña. Sin embargo, cada vez que me iba contando cosas, yo me iba acercando más a ella, a su dolor; me sentía interpelada. No he vivido lo que ella ni esa falta de derechos, pero sí estamos en un contexto en el que las mujeres seguimos sufriendo violencia. Los derechos nunca hay que darlos por sentado porque se siguen perdiendo en todas partes del mundo. Ahora mismo, en Estados Unidos se cuestiona el derecho al voto de la mujer.

—¿Contar su historia ayuda a sanar?

—Queríamos pensar que sí por el mero hecho de la catarsis, pero no estoy segura. Cuando ella se vino tenía salvoconducto para sus hijos y su exmarido, que en vez de venirse con los niños, desapareció. Su máximo dolor es no tenerlos y todavía no los ha recuperado. Estuvo tres años sin saber nada de ellos; los localizó, estaban en Alemania, fue a verlos y pidió un régimen de visitas. Están en juicio. Fue entonces cuando su marido se los llevó de vuelta a Afganistán, donde no responden ante ningún tribunal internacional, aunque ahora las potencias estén negociando con ellos. Ella denunció en Alemania para intentar recuperarlos, pero está complicado porque el padre se los llevó de vuelta a su país. Por eso también es importante que obtenga la nacionalidad española, para poder entrar protegida en su país y luchar por ellos. Además, las mujeres y niñas afganas tienen todavía menos derechos que cuando escribimos y publicamos el libro. Puede haber cierto alivio en contarlo, pero en realidad todo sigue igual o peor.

—Dentro de todo el drama hay espacio para la esperanza.

—Sí, hay un capítulo llamado las primeras veces que recoge sus primeras experiencias en España y tienen momentos que para mí tienen incluso un toque pop. Son cosas que estadísticamente era muy poco probable que ella viviese si se hubiese quedado en Afganistán. Como que en España Khadija aprendió a decir que no. O la primera vez que tiene llaves de casa, porque en Afganistán las mujeres no las tienen; la primera vez que va al cine, que viaja sola, porque como activista viaja mucho, o que va a la playa, se compra un bañador y se mete en el mar en Mallorca, no sabe nadar, va poco a poco. Y luego está la historia del Satisfyer, que retrata muy bien su evolución. Ella se enteró de que las mujeres podían tener orgasmos dos años después de estar casada, y porque se lo contó su prima Arezu por teléfono desde Inglaterra. Ella empezó a investigar y vio que sí. Pues un día, en un afterwork con los compañeros de trabajo de la productora, estábamos hablando del aparato y ella preguntó porque no sabía qué era. ¿Qué hicimos? Recopilamos dinero entre todos los compañeros y se lo regalamos. Dentro de la tragedia, son las cosas buenas y de esperanza que está viviendo aquí.

—El título del libro es una metáfora.

—Sí. En el libro ella pidió específicamente no entrar en eso. En Afganistán no usaba velo, solo se lo ponía para presentar el informativo y siempre soñaba con que llegase el día de poder ejercer sin él. También distingue el burka de otro tipo de veladura; cree que el primero, que lo usó seis años, es una auténtica cárcel de tela. Aquí en España tampoco usa velo, pero sí hace el Ramadán. Ella diferencia mucho la situación de España con la de Afganistán: sostiene que no puedes obligar de repente a una persona que viene de usar velo toda su vida a no llevarlo, si hiciesemos seríamos talibanes. Tiene que haber un proceso progresivo en el que ella se vaya empoderando y decida. No es un libro contra el islam, es contra los talibanes.

—Indica que es una historia inacabada porque las mujeres afganas siguen sufriendo.

—Ahora mismo, además de la falta de derechos, hay una crisis humanitaria tremenda. Por eso los padres se ven obligados a vender a sus hijas en matrimonios infantiles, porque la mitad de la población no puede trabajar y la ayuda humanitaria la reparten los talibanes a su antojo. El 15 de agosto hay una concentración internacional porque es el aniversario de la vuelta al poder de los talibanes. Cuando hubo el terremoto en Afganistán, algunas mujeres no pudieron ser atendidas en los hospitales porque no había personal médico sanitario femenino y los hombres no podían tocarlas. Si las niñas no pueden estudiar, llegará un momento en que no habrá ninguna profesional para tratarlas. ¿Dime qué violencia puede ser mayor que esa? Su voz no puede ser escuchada, no pueden trabajar, no pueden estudiar. ¿Qué les queda?

—¿Qué le gustaría que quedase en la cabeza del lector al cerrar el libro?

—Sobre todo me gustaría que fuera un llamado a la acción. A pesar de todo su sufrimiento, a ella no le va mal en España porque tiene un buen trabajo y está integrada, pero hay 20 millones de mujeres y niñas en Afganistán pasándolo muy mal. Hay muchas formas de colaborar desde aquí, como la Asociación Esperanza y Libertad, que es la que lleva Khadija. Simplemente hablar de Afganistán ya es un acto de resistencia.