Filantropía a toda vela

La navegación ha estado siempre presente en la vida de esta familia, hasta el punto de adaptar la hija su profesión de trabajadora social a la náutica


Fue presidente del Real Club Náutico durante catorce años. Su vida ha estado pegada a la navegación, y más concretamente al Halcón, un Bermudian Sloop cuyo casco de madera cuenta ya con 71 años de vida, lo que lo convierte en el decano de los yates atracados en A Coruña. Y, desde hace diez años, Aurelio Fernández Lage preside la Asociación Juan de Lángara, «con el objetivo de que los jóvenes, y también los mayores, se acerquen a la navegación y conozcan este mundo, y fomentar los valores de compañerismo y convivencia».

No es de extrañar, por lo tanto, que su hija Alexandra, trabajadora social de profesión, terminase reconduciendo su carrera hasta la dársena coruñesa, donde es la coordinadora de vela adaptada del Náutico: «En el currículo tengo un sinfín de entradas como monitor de vela, y ya desde pequeña quería que el Náutico fuese un lugar abierto a todo el mundo, sin excepción. Eso es la vela adaptada: conseguir que todo el mundo navegue, incluso aquellos que estén en situación de discapacidad visual, física o psíquica. En un barco, sentados, no se distingue quien tiene una lesión medular y quien no». Por ahora, y con los medios que tiene -«por supuesto que queremos más»-, está trabando con un grupo de 36 personas.

Afición y profesión

«De todos modos no somos más que aficionados. Navegamos, pero trabajamos en otra cosa, tenemos familia... El profesional vive por y para esto», asegura Aurelio. Alexandra sí que trabaja en el mar. Quizás por eso tiene una visión menos romántica de la navegación: «Te aseguro que los días de lluvia intensa no es tan divertido», matiza. De todos modos, tanto uno como el otro entienden esta dedicación de un modo similar: «Somos más navegantes que regatistas. Cuando eres joven te gusta lo de la competición. Pero con los años terminas prefiriendo otro tipo de sensaciones. El mar es muy grande y el barco muy pequeño, no hay dos olas iguales, así que estás totalmente atento, sin preocuparte de otras cosas», reflexiona el padre, a lo que la hija añade: «Es un tema de evasión. Te libera, el mar te limpia las emociones».

De ahí su uso terapéutico, que ya se ha probado con diferentes sectores excluidos de la sociedad: «Se utiliza con jóvenes problemáticos, en tratamiento de toxicómanos, para la integración de inmigrantes, mujeres maltratadas... Lo que estamos haciendo ahora en la vela accesible en el Náutico es solo el principio, puede hacerse mucho más», afirma segura Alexandra. Dice que prefiere utilizar el término vela accesible que el de adaptada: «suele usarse el segundo, pero a mi me parece más significativo el primero».

Aprovechan para romper mitos sobre la exclusividad de este deporte: «Ahora puede navegar todo el que quiera. No es necesario comprarse un barco o invertir grandes cantidades en alquileres. Hay diversas oportunidades, como la que da la asociación Juan de Lángara, de meterse en el mundo de la vela».

«Desde luego, no me imagino con un trabajo de oficina, metida todo el día en la ciudad. Me mareo más en coche que en barco. Lo mío es el contacto con la naturaleza», afirma Alexandra. Algo que también comparte con su padre: «Somos poco de asfalto. A nosotros danos mar o monte». En esta segunda vertiente de su pasión han iniciado una curiosa plantación de la que esperamos que den noticias en un futuro próximo: «Son plantas medicinales. Tenemos plantados tés y queremos hacer con estas hierbas aceites y baños», cuenta orgullosa Alexandra.

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