Tres clanes se reparten el mercado de la heroína en un asentamiento al que acuden unos 1.200 clientes habituales
11 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Como el que vende salmonetes. Igual. La droga se ofrece en Penamoa con vergonzoso descaro, a berridos. Hombres, mujeres y hasta niños apostados en las puertas de sus chabolas ofrecen su mercancía a los drogadictos que por allí pasan en busca de su dosis, bien con un silbido, bien con un grito. Qué más da. El disimulo ha muerto en Penamoa.
Ahora que la tercera ronda borrará del mapa el poblado se pondrá punto y final al último núcleo chabolista coruñés. Pero algunos de los que allí viven están dispuestos a exprimir al máximo el mercado de la droga. Será difícil que vuelvan a encontrar un gueto tan bien adaptado para el tráfico de estupefacientes, apartado de la ciudad y blindado a los curiosos. Y es que Penamoa es a la heroína lo que Arzúa al queso.
Pero mientras no se desaloje, tres familias seguirán repartiéndose el boyante negocio de la droga. Se trata del clan de la Mora, el de la Perrera y el de los Portugueses. Hay otras familias, pero con poco peso en el poblado y escaso comercio; algunas de ellas asoladas por la maza de la Justicia. También es cierto que son mayoría las familias que no cayeron en la tentación del narcotráfico y dedican su vida a la chatarra, principalmente, o a la venta ambulante.
Uno de los últimos golpes policiales acertó en la viga maestra del clan de la Mora. En estos momentos, algunos de sus miembros viven en la prisión de Teixeiro. También el clan de la Perrera sufre el incesante acoso policial. Pero resiste. Sus líderes no viven en el poblado y apenas tocan la droga. Evitan manchar sus manos. Sin embargo, cuentan con varias chabolas destinadas al negocio. Del clan de los Portugueses se pueden decir muchas cosas, pero no que sean descarados. Siempre con pies de plomo, trabajan y viven con sigilo, sin apenas llamar la atención, de ahí que hasta el momento hayan sufrido pocas redadas.
Dolor y muerte
Además es un negocio fértil. A pesar de que en los últimos años todas las familias salpicadas por la venta de heroína tuvieron que enterrar a muchos de los suyos víctimas de su propia mercancía mientras veían a otros entrar en prisión, las empresas no se iban al tacho. Puede que pasaran por problemas económicos o de infraestructura durante un tiempo, pero salían a flote gracias al empuje de las nuevas generaciones.
Si echamos la vista atrás, la droga llegó al poblado de Penamoa en los ochenta. Poco a poco, distintas familias fueron haciéndose con el mercado. Antes de que muchos de sus miembros murieran o terminaran a la sombra, el mercado de los inicios estaba en manos de clanes como el de la Tula, los Bisontes, los Barrul o el de los Chispas. Hoy quedan tres. Pero hay más de cien familias, la gran mayoría lejos del mundo de la droga. La policía afirma que este asentamiento es uno de los puntos de tráfico de estupefacientes más importantes del norte de España.
De un tiempo a esta parte, algunas de las familias que poco o nada tuvieron que ver con la droga, se han pasado a este mercado ilegal que ostenta alrededor de 1.200 clientes, según fuentes policiales. El hecho de que el asentamiento desaparecerá en breve ha provocado que algunos clanes se hayan volcado en el trapicheo para ganar un dinero rápido mientras se pueda. Y por el momento se puede. Lo dicho, con descaro.