HERCULÍNEAS | O |
02 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.QUIZÁ fue porque es noviembre y lo efímero está más vivo en todo, hasta en las miles de hojas otoñales bailando con el viento. Quizá fue porque las sendas se han hecho ríos y los caminos mares, por lo que volvieron a sonar los versos de Machado: «Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar...». Sonaba Machado cuando a un paso de Cuatro Caminos se fue levantando la valla que ha cambiado la vida de esa mujer. Ella quizá no sabe todo lo que hemos escrito y dicho sobre el muro entre israelíes y palestinos; tampoco habrá seguido ese drama de Melilla del que ya nos hemos olvidado y fue... hace tres semanas. Ella llegó una tarde de octubre, como hacía desde hace más de dos años, a la esquina de la calle Primavera y echó una ojeada a la Plaza. Allí esperaba la puesta del sol y comentaba para sí el día; luego hurgaba entre las plantas de un jardín cercano. Era su armario. Allí había dejado por la mañana guardada su ropa. Lo siguiente eran los cartones, con los que construía su pequeña habitación dentro de aquel escaparate. Daba igual lo que pasara por la acera o el ruido de los coches. Un día, mientras esperaba la puesta de sol, se le acercó alguien interesándose por su historia. Se alejó casi a la carrera de aquel intruso. Puede hablar sola mientras mendiga en la Plaza de Pontevedra, pero no va a contar su vida a un extraño. Hace unos días, cuando llegó a su escaparate, aquél donde se peinaba antes de acostarse, se encontró con una valla que lo tapaba. Desolada, buscó otro refugio, otro lugar donde ahora pasa las noches de noviembre, porque, ya lo dice Machado, lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos... efímeros. manuel.rodriguez@lavoz.es