HERCULÍNEAS | O |
18 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.JULIO Llamazares le ha puesto un libro al cielo de Madrid y se ha pasado por A Coruña para contarnos ese cielo de esplendor industrial que, como se temían los galos de Astérix, a veces amenaza con desplomarse sobre la cruz hortera del Valle de los Caídos. Al cielo de Madrid le da por imitar los óleos de Velázquez, e incluso los de Antonio López. Hay quien piensa que Oscar Wilde estaba de coña cuando soltó eso de que la vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida, pero no sólo estaba en serio, sino que tenía razón. El firmamento de Madrid, que está al final de la A-6 todo recto desde la rotonda de Sabón, sabe a Velázquez, a sus jirones de nubes y a sus cicatrices de oxígeno. A Velázquez lo que de verdad le gustaba era pintar esos cielos casi abstractos, que a veces escondía entre las crines de los caballos o en la piel de la Venus del espejo. Y todo ese trasiego de príncipes, reyes, infantas, miriñaques, bufones, hilanderas, enanos, papas y perros dormilones son una excusa para pintar el cielo de Madrid. Es un cielo copista que también plagia a Antonio López, porque el tal López se tomó mucha molestia en plasmar cada átomo de Madrid (ver El sol del membrillo ) como para que el cielo vaya ahora a su bola y pase de parecerse a sus cuadros. luis.pousa@lavoz.es