Historia de A Coruña | Las costumbres en la ciudad entre 1950 y 1960 El Gobierno Civil prohibía a los bañistas vestir traje de baño fuera del agua
14 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Aunque se dice que cualquier tiempo pasado fue mejor, muchos coruñeses prefieren los veraneos actuales a los de los años 50, aunque reconocen que aquéllos tenían cierto encanto. En primer lugar, excepto Riazor (a la que Fernández Flórez denominaba «la bañera municipal»), las playas no estaban muy frecuentadas, sobre todo Santa Cristina, pues había pocos coches, aunque existían las lanchas de pasajeros, que salían del muelle del Náutico. Los vecinos del barrio de Os Castros solían ir en el tranvía hasta As Xubias y luego cruzaban la ría de A Pasaxe en unas embarcaciones de remos, manejadas por esforzados paisanos que sorteaban como nadie las corrientes existentes. Lo malo era cuando había que exhibirse en bañador, pues la circular 1-51 del Ministerio de la Gobernación, que reproducía al comienzo de cada verano el Gobierno Civil, prohibía la permanencia de bañistas en traje de baño fuera del agua, ya que, como su nombre indicaba, el bañador era «únicamente para bañarse, no para pasear con él». Por ello se debería usar un albornoz, aunque lo cierto es que pocos hacían caso de tan puritana disposición. El Relleno En los jardines del Relleno se colocaban multitud de barracas, desde tómbolas a tiro al blanco, e incluso libros, que un poco de cultura tampoco venía mal. El cine fue el gran entretenimiento de los coruñeses de los cincuenta, pues la televisión no llegó a la ciudad hasta el verano del 62. Dada la benignidad del clima, no hacía mucho calor dentro de los locales y, además, era un lugar aprovechado por las parejas de novios para practicar tocamientos más o menos discretos. Durante el verano, el Colón y el Rosalía ofrecían funciones de teatro, consistiendo en la repetición de obras ya estrenadas durante el invierno en Madrid. También había exhibición de magos y fakires. El más famoso de los primeros fue el profesor Alba, que actuó en el Colón a mediados de septiembre de 1952. Este individuo, de perfil misterioso, que adivinaba el porvenir, dijo que el teatro ardería en breve. No pasaron unas horas y el coliseo fue pasto de las llamas. Los bailes no eran bien vistos por las autoridades, y no digamos por la iglesia. Sin embargo, en el leirón del Casino y en varias salas de fiesta se practicaba sin vigilancia policial, aunque si de algunos padres y, especialmente, de las carabinas, jóvenes amigas de las novias, que controlaban al novio. La hora de retirada a los hogares, una especie de toque de queda, era entre diez y once de la noche. La llegada de Franco a su residencia veraniega del pazo de Meirás la solían conocer los coruñeses por los miles de banderitas que se colocaban a lo largo de Sánchez Bregua, los Cantones y la Marina. Al mismo tiempo, echaban mano de los paraguas pues el arribo de su excelencia, a finales de julio mayormente, coincidía con unas tormentas de mucho cuidado. Paralelo a la llegada de Franco, y como elemental norma de seguridad, los coruñeses con fama de rojos solían ser enviados a distancia o, simplemente, encarcelados. También se revisaban las casas por donde pasaba la comitiva del Jefe del Estado, bien camino del Club Náutico, de la plaza de toros o del estadio de Riazor. El nuevo «Azor» A partir de 1950, el Caudillo inauguró el nuevo Azor, un elegante yate, aunque no andaba un pimiento, que sustituía al antiguo Azorín. El nuevo Azor fondeaba frente al Náutico, vigilado de cerca por una fragata de la Armada, mayormente el Yáñez Pinzón o el Hernán Cortes. Unos días antes de abandonar A Coruña era obsequiado en el Ayuntamiento con una cena de gala. La gala solía ser sólo en la vestimenta, pues en lo relativo a los manjares eran bastante austeros, tanto que muchos comensales ya iban cenados. Eso sí, iban rodeados de un florido vocabulario. Para llenar bien el estómago estaba la romería de Santa Margarita, el último domingo de agosto, que cerraba las fiestas veraniegas.