El Concello ha cedido a los musulmanes un bajo como mezquita para celebrar sus cultos religiosos Rezar cinco veces al día, como obliga el culto musulmán, se ha convertido en una problema para los marroquíes de Arteixo que, como Bassir, trabajan a diario en su negocio. No obstante, para los inmigrantes, el cambio cultural no ha sido muy exagerado. Muchos se han casado con gallegas que han tenido que adaptarse a sus costumbres: ni cerdo, ni escotes, ni salir solas de casa. Desde hace un año, el Ayuntamiento les ha cedido un bajo para celebrar sus cultos. Pero la mayoría está renunciando a ellos.
06 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Las niñas de Silvia Mañana irán al colegio como el resto de los arteixáns dentro de un año, pero ella no puede llevar escotes, ni salir sola de casa sin ser acompañada por su esposo, un marroquí que lleva ocho años en la ciudad dedicándose a la venta ambulante. Cambiar de residencia no siempre supone un cambio cultural, y la adaptación de la colonia marroquí en Arteixo está llena de contradicciones. Algunas costumbres como las religiosas se están perdiendo. Tal y como explica Bassir, el trabajo se convierte en lo primero. No es muy compatible ir de feria en feria o mantener un negocio y parar en cinco momentos del día para dedicarle a Alá sus oraciones. No obstante, la idiosincrasia musulmana permanece inmutable en el carácter de los marroquíes: el cerdo ha desaparecido del cocido gallego y sus esposas comparten su educación con una cultura sexista. Silvia nació en Arteixo y se casó hace cinco años por el juzgado renunciando a su religión y a todas sus costumbres: «La vida te cambia completamente». Pero nunca se ha sentido marginada por el hecho de haberse unido a un marroquí: «Mi familia y todo el pueblo lo ha entendido perfectamente». Conoce a los padres de su marido, y las fotos de su viaje a Marruecos presiden la salita. Machistas y trabajadores Silvia reconoce que los musulmanes son muy machistas: «Siempre tengo que llevar ropa floja y no puedo salir nunca a la calle sin permiso». El secreto de la integración de este colectivo en Arteixo es probablemente su entrega al trabajo. Tal y como reconoce Bassir, «si eres bueno, la gente te quiere». Él trabaja con su hermano en una tienda de alfombras y ha abandonado la práctica religiosa: «Al final lo importante es ser buena persona, da igual ser musulmán u otra cosa». Ni siquiera seguirá los rituales del Ramadán. No obstante, todos contribuyen con dos mil pesetas para mantener el bajo que el Ayuntamiento les ha cedido como mezquita, aunque muchos ya la denominen iglesia.