«La humanidad necesita personas prácticas, que saquen el mayor provecho a su trabajo… Pero la humanidad también necesita soñadores, para quienes el desarrollo de una tarea sea tan cautivador que les resulte imposible dedicar su atención al propio beneficio».
Este pensamiento noble nos lo dejó Marie Curie. Asimismo, afirmaba que «un científico, además de un técnico, es también un niño colocado ante fenómenos naturales que le impresionan tanto como un cuento de hadas». Así condujo su vida esta investigadora polaca, francesa de adopción, que desde el pensamiento lúcido y la pasión por la ciencia trabajó intensamente para transformar su realidad, para aportar al avance de los tiempos. Ha pasado a la historia por sus avances en el campo de la radiactividad, por ser la primera mujer en ganar un premio Nobel y la primera persona en recibirlo en dos categorías diferentes (Física y Química). Aunque representa un caso excepcional en cuanto a que es una científica cuyo nombre no ha sido eclipsado por sus inventos, algunos de sus logros se han diluido en el devenir de los siglos. Por ejemplo, durante la Primera Guerra Mundial, Curie detuvo sus trabajos de investigación para ayudar a las tropas francesas y desarrolló una especie de ambulancia con una máquina para hacer radiografías que salvó miles de vidas. Este capítulo menos conocido de la biografía de este icono de la ciencia pone de manifiesto la necesidad de dar impulso a los investigadores en tiempos complejos para favorecer el progreso y el avance social.
Inconmensurables son las mujeres que han perseverado y alcanzado grandes metas en el mundo de la ciencia, por ejemplo la filósofa y matemática egipcia Hipatia de Alejandría, en el siglo IV, o la propia médica Merit-Ptah en la Segunda Dinastía de Egipto, alrededor del año 2700 a.C., aunque hoy se pone en duda su existencia. En los dos últimos siglos muchas mujeres han sido reconocidas, como mis admiradas Rita Levi-Montalcini, María Montessori o la asturiana bioquímica Margarita Salas y la estadounidense, ingeniera y psicóloga Lilian Gilbreth (fue la primera mujer elegida para la Academia Nacional de Ingeniería de EE. UU.). A ellas se suman numerosísimas anónimas, a menudo asaltadas en sus descubrimientos por un mundo de hombres que ocultaron sus trabajos o hicieron uso de ellos en beneficio propio. Quiero resaltar las seis mujeres jóvenes que programaron el primer ordenador completamente electrónico, el cual formaba parte de un proyecto secreto de la Segunda Guerra Mundial y que, finalmente, se dio a la luz pública en 1946. Ellas no fueron presentadas como autoras, ni se les reconoció su impresionante trabajo, hoy las conocemos como las «Programadoras del ENIAC».
Es evidente que, desde el inicio de los tiempos, la investigación básica, la investigación aplicada y la innovación han cambiado el devenir de la historia y lo seguirán haciendo. Desde el descubrimiento del fuego hasta la revolución digital, los investigadores han conseguido mejorar nuestras vidas logrando el progreso social. Pensemos en el fuego, descubierto hace 1,6 millones de años; la rueda, que data del año 3500 a.C. en Mesopotamia; el arado, creado también en esta región; la pólvora, hallada en el siglo X; la imprenta, que se la debemos a Johannes Gutenberg en 1400; la máquina de vapor, surgida a mediados del siglo XVIII; la bombilla, patentada por Thomas Edison y Joseph Swan a final del siglo XIX; el teléfono de Alexander Graham Bell, en 1876; los antibióticos y la penicilina, descubiertos en 1877 por Louis Pasteur y Robert Koch y en 1928 por Alexander Fleming, respectivamente; el avión, con él los hermanos Wright cumplieron el sueño del ser humano de volar en 1903; el ordenador, que nació en 1938 de manos del alemán Konrad Zuse, sin olvidar a sus predecesores Charles Babbage y Alan Turing; o internet, que nace en los años sesenta del siglo pasado en Estados Unidos con fines militares y ya en la década de los años ochenta se crea el HTTP y después el WWW, que acaba por convertirse en la infraestructura esencial de la actual era digital.
Todos estos descubrimientos, además de una gran infinidad obviada en la enumeración, han facilitado el desarrollo del ser humano a lo largo de los siglos y en diferentes ámbitos como el trabajo y la producción, el transporte, las comunicaciones, la cultura, la educación o la salud. Detrás de todos estos descubrimientos hay personas, como las jóvenes ganadoras de los premios de investigación que otorgan la Real Academia Galega de las Ciencias y la Universidad Intercontinental de la Empresa (UIE), y que han dedicado su trabajo y sus sueños a comprender y pensar el mundo de manera diferente, a concebirlo y proyectarlo mejor. Como bien decía Curie en el fragmento con el que comencé este artículo, «la humanidad necesita soñadores». Las instituciones y las personas hemos de empujar a la juventud a soñar porque todas las grandes realidades comenzaron en un sueño, porque la ciencia es un tributo que nuestro cerebro rinde a la esperanza, porque los avances siempre brotaron de una ilusión y un empeño.
He de asegurar que en la UIE asumimos los desafíos de una educación, no solo científica y cognitiva, sino también actitudinal, afectiva y ética. Entendemos que todo lo que hagamos para la educación y la investigación, lo mismo que sucede con la salud, siempre será insuficiente para la magnitud que implica el conocimiento y las personas. Así pues, no debería ser necesario ahondar en que invertir en personas es la política más importante para domeñar el futuro. Somos una universidad joven, en proceso de desarrollo y valoramos la investigación básica tanto como la aplicada, pues ya planteaba el argentino Bernardo Houssay, Nobel de Medicina, que «no hay ciencia aplicada sin ciencia que aplicar». Llevará su tiempo, pero este llegará. Nos hacemos eco del rotundo pensamiento de la neurocientífica y también premio Nobel, Rita Levi-Montalcini, que afirmaba que «el cerebro nunca debe jubilarse, sino trabajar noche y día». No existe una vida de trabajo y otra de ocio, pues el mejor ocio es el trabajo deseado; comencemos hoy, pues mañana siempre es tarde.