La póstuma labor bélica de Monterrey se realiza en la guerra de la Independencia. Para conocer la situación sanitaria podemos recurrir a lo narrado por testigos de las contiendas militares de aquel entonces: «Las Ordenanzas en batalla atendían más las necesidades de los animales heridos que la de los propios soldados: cuatro veterinarios en el campo de batalla por cada mil animales y tan solo un médico —cuando lo había— por cada mil soldados, portando para realizar su trabajo un botiquín con vendaje, saturas, tisanas, naranjas, limones, azúcar y tabaco».
La desinfección no se conocía y el que intervenía al herido lo hacía sin limpiarse las manos y no saneaba los utensilios ya usados antes de tratar al próximo. Lo que sucedía en la batalla se trasladaba al hospital y a la vida de diario. En Monterrey ya existía hospital, con el nombre de Hospital de la Santísima Trinidad y de fundación anterior al establecimiento del Condado. A principios del siglo XIX la mayoría de la población española estaba atendida por barberos y sangradores, que durante los siglos anteriores tuvieron un papel muy destacado en la medicina rural. Médicos, cirujanos, sanadores, ensalmadores, curanderos; todos ellos sabían que no podían tratar el dolor; y las infecciones entorpecían el buen mejoramiento. El único remedio para no causar dolor era tener una mano hábil y los utensilios bien afilados. La cirugía era una penalidad inhumana para quien la tenía que recibir; y mientras los cirujanos antiguos limpiaban las heridas con vino, los cirujanos de principios del siglo XIX entendieron que la supuración era beneficiosa y la incentivaron. El ambiente en las salas era tan mugriento que era forzoso utilizar perfume. Batas de cirujanos que no se cambiaban en meses y las mismas sábanas de cama servían a varios enfermos.
En la documentación que poseo en mi archivo sobre este período oscuro de los hospitales aparece Pedro Estévez como administrador del Hospital de la Santísima Trinidad entre los años 1805 y 1813 y más adelante en el año 1819 su hijo Manuel Estévez, que, por cierto, tuvo que certificar su limpieza de sangre: «…que tantos unos como otros han gozado del estado de hijosdalgo en cuya posesión estubieron, e yo lo estoy quieta y pacíficamente sin contradicción alguna, y como tales han exercido oficios honorificos, y han sido e yo lo soy limpios a toda mala secta, de moros, hereges, ni judios; Antes bien cristianos viejos; y respecto para hacer mis pretensiones, me conviene acreditar suficientemente los parientes…».
Entre los pliegos aparecen los recibos de los pagos por la asistencia a los enfermos a dicho hospital: a Gregorio Romasanta como médico y a Antonio Estévez como cirujano. Además, a Benito Rosini como enfermero y cocinero y a J. Guerra por las medicinas despachadas. Existía una férrea disciplina donde se apuntaba la fecha de entrada y salida del enfermo, las prendas que llevaban (si estas eran nuevas o viejas) y los gastos de alimentación. Cuando se cambiaba de administrador se hacía un inventario de las ropas y demás enseres y entrega de papeles.
Un puñado de pequeños papeles engorda y desafina el orden de la carpeta: se puede decir que son lo que hoy llamamos recetas y medicamentos. Se disponía de remedios animales, minerales y vegetales. Enumeraremos, a modo de ejemplo algunos de ellos que aparecen: «jarave de camoesa y de Altea, estracto de saturno liquido, polvos de asta de cierbo, agua de llantén y flor de sauco, sal de igrexa, aceite de almendras dulces sacadas sin fuego, jarabe de amapolas, agua de corteza peruviana, emplasto de estamaticon bien aromatizado, raíz de escorzonera, jarave de chicoria, cataplasma emoliente, flor de azufre, sal de plomo, tritura de castor, ungüento mercurial o esperma de ballena».
Los ingredientes utilizados variaban en base a la utilidad que se requería. Todas las sustancias convenientemente desecadas (las vegetales) se trituraban y mezclaban en el recipiente más adecuado, siendo su uso externo (pomada) e interno (disuelta en agua o vino). La inmensa mayoría eran fórmulas complicadas que se confeccionaban con maestría y cierto secretismo: «Aceyte reciente de almendras onza y media: se disuelve con el aceyte en un suave calor dracma y media de esperma de ballena, y después se añadirá una onza de xarabe de adormidera blanca o amapola: se agita de continuo hasta que se enfríe, y sirve para linimento». Los polvos del cuerno o asta de ciervo quemado servían para curar la disentería. Las virtudes del cuerno o asta de ciervo fueron exaltadas en los bestiarios al relacionarse a este animal con Cristo y formaba parte de diferentes medicamentos. Cocido el cuerno de ciervo con vinagre era útil como analgésico para mitigar el dolor de muelas, mientras que administrados con vino, mirra y pimienta es un remedio para contra el dolor de ijada. El cuerno de ciervo calcinado servía para detener los flujos del vientre y los ácidos del estómago y también para quitar las purgaciones. Todavía se utilizaba hace nada para quitar el mal de ojo.
En la guerra napoleónica las bajas por enfermedad superaban diez veces a los heridos. A las enfermedades infecciosas comunes, como el sarampión o la varicela, se unieron repetidas epidemias de viruela, fiebre tifoidea y tifus exantemático o tabardillo, compañero perseverante de todos los ejércitos y de grupos amontonados. Unos y otros se hacinaban en las salas del Hospital de la Santísima Trinidad y en el Convento de San Francisco donde los franceses lo dispusieron para otro hospitalillo. Aunque la intervención de la guerra de la Independencia en la comarca fue breve, no se puede decir lo mismo de su intensa agresividad, y evidentemente tampoco falto como colofón la peste y el hambre. Podemos finalizar con las anotaciones de un párroco del valle que escribe en el libro de Archivo: «Por varios enfermos se extendió por el pueblo la epidemia, que hubo de quedar despoblado, pues pocos sanaron de cuantos la padecieron. A todos estos trabajos se siguió el hambre, porque todo quedó talado del ejército francés…».