Confíen en la ciencia


en el 2019 John Goodenough recibió el premio Nobel de Química por la invención de las baterías recargables de ion-litio, gracias a las cuales funciona toda nuestra electrónica portátil. La decena de gallegos que hemos tenido el privilegio de firmar artículos de investigación con él vivimos con emoción ese momento. En la misma ceremonia, James Peebles recibía el premio Nobel de Física, por haber sido una de las mentes brillantes que construyó nuestra actual imagen del Universo.

La foto conjunta de los dos compartiendo ese momento constituye una de las metáforas del asombroso avance de la ciencia en el último siglo. Fíjense: Goodenough nació en 1922, un año en el que la ciencia ni siquiera sabía de la existencia de las galaxias (se creía que la Vía Láctea era prácticamente todo el Universo), algo que no se tendría claro hasta 1924 (gracias a Edwin Hubble, el que dio después nombre al famoso telescopio espacial). Y ahí estaba, un siglo después, compartiendo la ceremonia del Nobel con la persona que había dado el gran impulso a la teoría del Big Bang (en 1964, 40 años después de haberse descubierto las galaxias) y permitido a principios del siglo XXI el encaje de un concepto como la energía oscura, que expande el espacio-tiempo.

Les cuento esto en medio de las noticias sobre el parón en los ensayos clínicos de una vacuna contra el coronavirus, que no es sino la evidencia de las garantías de un sistema que funciona y una ciencia en la que se puede confiar. Y no duden que avanza a un ritmo que hubiese sido impensable hace solo una década.

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