Si la ciencia es cultura


Química y divulgadora científica

Hace unas semanas, se hizo público un descubrimiento científico suficientemente relevante como para que los medios de comunicación lo tratasen como noticia de portada: se había constatado la detección de las ondas gravitacionales.

No voy a hablarles de ondas gravitacionales, sino de cómo se trató esta noticia. Yo soy química, así que contra la creencia popular de que los científicos sabemos de todas las ciencias, no es así, mis conocimientos sobre ondas gravitacionales los considero bastante rudimentarios, en principio no mucho más profundos de los que debería tener cualquier persona con acceso a la cultura, que ha tenido la oportunidad de aprender. Lo normal es saber mucho sobre muy pocas cosas, y saber un poco de la mayoría. Lo que me encontré en varios medios de comunicación es que no se sabía ni un poco del tema y, lo significativo, no encontré en ese vacío cultural ni un ápice de sonrojo, de ese sonrojo que se revela como humildad. Me encontré con risas, palmadas en la espalda entre quienes no saben ni quieren saber, ni consideran importante saber, quienes recuerdan con guasa las imposibles clases de ciencias del colegio, que a la vista está, no habían pasado a formar parte de su cultura. Sucedió una situación que podría haberse resuelto con un elegante «no sé» -tan subestimado en estos tiempos en los que estamos a un par de clics de ser expertos en cualquier cosa-, en lugar de esas risas hirientes que sentí como un menosprecio a mi profesión.

Pensemos en esta misma situación protagonizada por una noticia de calado histórico. Imaginemos a unos tertulianos conversando sobre lo poco que saben del tema y que lejos de sonrojarse, se ríen, porque esas son cosas de historiadores, cosas que se estudiaron un día en el colegio, que no entran dentro de lo que llamamos cultura. No tardaríamos en referirnos a ellos como ignorantes y de los de la peor clase: ignorantes que hacen alarde de su ignorancia.

No perdonamos a quienes, habiendo tenido la oportunidad de aprender, no saben un mínimo de historia, de literatura, de arte clásico, pero si no saben nada de ciencia, es normal, no pasa nada. Hay unos mínimos conocimientos que exigimos a cualquier persona con cultura, precisamente porque esos conocimientos son los que nos convierten en personas capaces, responsables y libres. Uno de esos conocimientos que pretendo exigibles, ni más ni menos que los demás, es la ciencia. De la misma manera que gracias a los conocimientos en historia o lengua somos capaces de entender con mayor profundidad la ciencia, también sucede lo contrario, que la cultura científica amplía nuestro horizonte de conocimiento y se extiende sobre todo lo demás, desde nuestra vida cotidiana, hasta los razonamientos más abstractos que podemos encontrar en el arte o en la filosofía.

Si la ciencia es cultura, su desconocimiento se merece un consciente y humilde «no sé».

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