«Paseino de marabilla»

Plácido Vigueret es el último superviviente de la mítica banda Os Enxebres de Neaño, célebres durante decenios


carballo / la voz

El protagonista: Plácido Vigueret. Es el de la izquierda de la imagen, con la caja. A su lado, con la gaita, Manuel Cousillas, Manolo de Xusto. Y a la derecha, con el bombo y la pandereta, Eduardo Vázquez Espasandín, más conocido como Jai-Jai, fallecido en noviembre del 2003, con 94 años. Antes ya había muerto el gaiteiro, que en opinión de Plácido tenía una calidad excepcional, a la altura de los mejores de Galicia. En su lugar entró otro músico de Laxe, Reboredo, aunque el trío había tenido más miembros en su larga historia de música tradicional.

La foto. Fue realizada el 30 de julio de 1978, domingo, por Foto Eiroa, de Cundíns (Cabana). Era el día de la Virxe do Carme, una de las tres fiestas (y la principal, en la práctica) de la parroquia de San Cremenzo de Pazos. Los músicos amenizaban la localidad, tras la misa, y después recorrieron algunas calles (tampoco hay tantas, y en realidad eran corredoiras). En la imagen aparecen en la parte final de Os Regos. Tres años más tarde, esa vía quedó cubierta con cemento, delimitado con muros. Había un carballo centenario, que en meses como este daba una inmensa cosecha de bellotas.

La relación de Plácido Vigueret con la percusión comenzó un día en la feria de Baio, a la que fue dispuesto a comprar una pandereta. Lo hizo, y le ha acompañado hasta hoy, que tiene 92. Casi 80 años haciendo sonar esa y otras panderetas, las conchas, el tamboril, tambor, bombo, y ligado durante mucho tiempo a un trío mítico de la música popular y tradicional de la Costa da Morte, Os Enxebres de Neaño (todos eran de esta localidad de la parroquia cabanesa de Cesullas, aunque después hubo incorporaciones de Laxe).

A su edad, Plácido conserva una energía envidiable, buena memoria (aunque en cuestión de fechas hay algunas lagunas), pero el oído se le ha ido escapando. Él, que lo tenía excepcional, lo que unido a sus habilidades innatas le permitió aprender a tocar sin ningún profesor, ni nadie en la familia que lo pudiese inspirar o guiar. «Aprendín eu só. Tocando, fixándome nos outros...», explica en su casa de Neaño. Desde muy joven empezó a darle a la pandereta, cosa rara para la época en un hombre, así que hasta en eso abrió caminos.

Tuvo que emigrar a Montevideo, donde estuvo 14 años, y regresó hace 47. En el viaje de ida, en el barco, coincidió con un acordeonista de la orquesta Poceiro, que se sorprendió al ver como tocaba. «Preguntoume a que escola fóra, eu díxenlle que a ningunha, e non mo cría», recuerda. Innovó con la técnica. «A pandeireta tocábase co puño pechado, e eu prefería a man aberta. Agora hai moitos que o fan así».

Al regreso de Montevideo fue cuando se incorporó al grupo que ya tenía el Jai-Jai, que a su vez había estado en Os Maravillas de Corme, gaiteiros enxebres do país, y al crear otro mantuvo el apelativo de Enxebres, pero ahora de Neaño, allá a finales de los 60. Juntos recorrieron muchas fiestas por buena parte de la provincia. «Paseino de marabilla. E pagaban ben. Eu, ademais, era moi serio», dice. Lo que se trataba, había que cumplirlo, ni más, ni menos. San Fins era uno de sus lugares habituales, año tras año. Cuenta Plácido que tenía muy buena relación con el sacerdote Saturnino Cuíñas, «un cura moi folclorista, amante da música, das cancións», impulsor del Berro Seco: «Eu tamén o berrei algunha vez», señala.

Hace ya muchos años que Os Enxebres terminaron para siempre, por los fallecimientos. Queda solo él. «Ás veces bótoo de menos. E cando é así collo a pandeireta e tócoa un pouco», como demuestra -también con la caja, la prefiere al tamboril- durante la entrevista, al lado de su esposa, María Mariño, quien dice que la juventud de ahora no tiene el humor de antes, «cando había máis alegría, en calquera lado púñanse a cantar». Y mucha gente «parrandeira». Así precisamente empezaban grupos como Os Enxebres.

También poeta, y sobre todo carpintero

Plácido es músico, pero se ha ganado la vida como carpintero. Con buena mano: todos los muebles que hay en la estancia en la que atiende (y que antes fue su taller) los hizo él. Mesas, bancos, sillas, estanterías, pasamanos... De todo. También pequeñas obras de arte, como algunos hórreos con un nivel de detalle sorprendente, igual que otros objetos decorativos.

Y, además, Plácido, que conserva un apellido de origen francés como es Vigueret (muy pocos portadores en la comarca), es poeta. En el 2008 le editaron su libro Poemas, que se cerraba con este: «Teño unha gaita galega/ non vin gaita como ela/ cando a toco en Neaño/ as nenas que van á herba/ bailan nos prados da Albela». La obra está llena de estrofas de rima asonante muy bien hilvanadas, con historias de fondo y estructura. No hace solo poemas, también prosa. Tiene además unos discursos largos y densos, con reflexiones de todo tipo, que tal vez algún día vean la luz. De momento, lo hacen como regalo a las visitas. Todo un personaje.

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