Hay que querer aprender para aprender

jesús picallo santos

CEE

ANA GARCÍA

Creo que un empresario, sin una sonrisa en la cara, no debería tener un negocio. Escribe Jesús Picallo, presidente de Solpor 

27 dic 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Nací en Vimianzo, en 1960, hijo de Leoncio Picallo, de Pontedeume, marino del crucero Canarias, que dio dos vueltas al mundo en el Juan Sebastián Elcano. El menor de tres hermanos, con Juan y Rosita. Mi padre, funcionario del Concello de Vimianzo, era mi ídolo. Mi madre, María Santos Outeda, de Baio, era costurera.

Estudié en el instituto de Cee hasta cuarto de bachiller. Cuando tenía 14 años fallece mi padre, y me internan en el colegio Calvo Sotelo de A Coruña. Pero ante las necesidades económicas encontré trabajo en el mítico Hotel El Hórreo de Corcubión, de la mano de Celestino Mouzo, su propietario natural de Berdoias. Don Tino fue un padre para mí, y la suya fue de las muertes que más sentí, cuando falleció ahogado después de salvar a mucha gente que había ido en barco a ver los fuegos en fin de año desde el mar, en Río de Janeiro.

El Hórreo era la élite de la hostelería de la comarca: tenía boite, piscina, taberna típica, salón de bodas etcétera, etcétera. A Mike Kennedy y los Bravos, Manolo Escobar, Lola Flores y muchos más los atendía yo cuando venían actuar a Cee, a la Sala A Xunqueira, y con solo 17 años que tenía entonces. Aún es hoy el día en el que mucha gente me enseña la foto de su boda, y yo recibiéndolos con las copas de champán.