La meteorología extrema siempre ha puesto a prueba nuestras infraestructuras. Galicia, por su orografía compleja y su clima atlántico, lo sabe bien. Pero cuando a esa exigencia natural se le suma una insuficiente dotación de recursos y una voluntad política intermitente, el resultado deja de ser una contingencia para convertirse en un problema estructural. La dana, el accidente de Adamuz y el deterioro generalizado de nuestras carreteras han evidenciado el desgaste creciente de nuestras infraestructuras, mantenimientos deficientes y, en muchos casos, falta de planificación.
A diario vemos baches que proliferan, taludes que ceden, drenajes colapsados y estructuras que sufren más de lo previsto. No son hechos aislados, sino síntomas de un sistema tensionado. Permítanme el sesgo profesional. Como ingeniero de caminos, canales y puertos tiendo a discretizar el problema en cuatro variables interconectadas: planificación, diseño, ejecución y conservación. Entender su engranaje permite responder no solo al porqué de lo que ocurre, sino también a si podría evitarse.
La planificación es el punto de partida. Exige capacidad técnica y económica, pero también voluntad política. Y esta última, siendo necesaria, no es suficiente si no se apoya en el criterio experto y en la asunción real de sus recomendaciones. Identificar zonas de riesgo, jerarquizar prioridades, anticipar escenarios climáticos más severos y asignar tiempos y recursos coherentes es una tarea estratégica que no admite improvisación.
El diseño puede y debe mejorar. Sin embargo, las ingenierías trabajan en un contexto de precios a la baja, alta competitividad y plazos ajustados. Esa presión termina afectando a la calidad de las soluciones proyectadas. Lo que se concibe con márgenes mínimos difícilmente resistirá condiciones máximas.
En la fase de ejecución, los problemas se agravan: la falta de mano de obra cualificada, el escaso relevo generacional y los ritmos de obra exigentes condicionan el resultado final. Y aunque todo lo anterior hubiera funcionado razonablemente bien, ninguna carretera es eterna sin un mantenimiento constante, riguroso y adaptado a un entorno cambiante.
La conservación, nuevamente, depende del compromiso político y de partidas presupuestarias suficientes. Sin ellas, los pequeños daños se transforman en grandes patologías y el coste final se multiplica. Es la pescadilla que se muerde la cola: se ahorra en prevención para gastar más en reparación. Las carreteras gallegas no necesitan discursos épicos, sino una mirada técnica, recursos estables y una estrategia sostenida en el tiempo. La meteorología no podemos controlarla; nuestra responsabilidad, sí.
Miguel Araque es Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos