Mi aldea del alma, por Ramón Romar | El idioma

Continuamos con la sección semanal del documentalista Ramón Romar, de Fornelos

Escuela de Fornelos, en 1931
Escuela de Fornelos, en 1931

Nuestra lengua materna era el gallego, el de Fornelos, el que nos enseñaban nuestros padres. Y solo hablado, no se escribía nada en gallego. Por pereza o desidia nunca aprendí la gramática gallega, y por eso escribo en castellano. Sí me gusta leer en gallego todo lo relacionado con las leyendas y supersticiones, ya que si se traducen al castellano pierden su esencia.

Hoy presumimos de que nuestros nietos van a colegios bilingües, y no nos damos cuenta de que nosotros íbamos más allá: nosotros éramos «trilingües». En casa hablábamos gallego, en clase castellano, y en la iglesia, latín. En clase, el castellano lo usábamos solo cuando nos dirigíamos a la profesora y para leer, pero a la hora de multiplicar podíamos decir: «catro por oito», en vez de cuatro por ocho. Y qué decir del latín que se usaba para oír misa, cantar algunos cánticos religiosos y rezar las letanías. Así lo hacíamos, pero no nos enterábamos de nada.

También teníamos que dirigirnos en castellano a los curas, frailes, médicos, mandos del ejército o a los «señoritos», y cuando decíamos palabras inadecuadas toda esta gente, supuestamente culta, terminaban riéndose de nosotros. Por eso el labrador era muy reacio a salir de su entorno. Era feliz yendo a la feria, encontrarse con vecinos que vivían en otras aldeas o con los compadres, con los que pasaban largas horas hablando, bien tomando una taza de vino blanco do Ribeiro, o simplemente de pie. Solo se desplazaba a la ciudad en situaciones extremas, ya que lo primero con lo que se iba encontrar era con la barrera del idioma. Si era al médico y le preguntaba por las funciones del cuerpo humano, terminaba tartamudeando. El labrador llegó a pensar que su propia lengua era motivo de vergüenza. Por eso, cuando en los años sesenta del siglo pasado, se trasladó a la ciudad a trabajar, sentía la necesidad de enseñarle el castellano que él no sabía, a sus hijos.

Yo cuando fui A Coruña a estudiar, y soltaba mi paupérrimo castellano, era víctima de las bromas de algunos compañeros. Era una situación muy rara. Yo tenía 14 años y mis compañeros de clase tenían entre 8 y 11, y no era solo el problema del castellano, era que ellos estaban mucho mejor preparados, sobre todo en gramática, de la que yo no tenía ni idea. Sí tenía cierta ventaja sobre ellos y era que, si se reían de mí, al salir al recreo, los cogía por la corbata, y entonces se hacían muy sumisos. No obstante, nunca consideré que lo mío fuese bullying, esa palabrota tan horrorosa que se oye, y con resultados tan dramáticos. Nunca me vi acosado por aquellos niños, es más, ellos fueron mi apoyo y a la salida de clase me enseñaron a conjugar los verbos, y hacer los análisis gramaticales. Conservo muchos recuerdos y algún amigo de aquellos años.

Volviendo a la gramática gallega, quizá esté cometiendo una falta ortográfica, cuando escribo O vinculeiro do Bao. Sé que actualmente «vao», se escribe con v, pero lo hago así porque en siete documentos que tengo, entre los años 1646 y 1844, sobre «bao», todos están b. Cosa rarísima porque no había ninguna norma de ortografía, y además el escribano usaba la b o la v para la misma palabra, pero en «bao», por casualidad o por cosas de meigas, en todos está con b. Será por mi terquedad, pero creo que sería una ofensa corregir un arriendo del año 1835, donde dice: «José Miguel López vecino de la Casa do Bao, de este lugar y parroquia Duº (dueño) de Dha (dicha) Casa y Vínculo…». La ofensa sería a la Casa do Bao, no a mi bisabuelo José Miguel, que fue un verdadero desastre, como hago constar en mis escritos.

Esta aclaración se debe a que suelen preguntarme porque lo escribo con b, y porque cuando se publicó el artículo «El último viculeiro do Bao», se hizo un cambio, y se publicó con v. Creo que de la misma manera que Bermúdez se escribe con b o con v, escribir «Vinculeiro do Bao» con b es correcto. Así está en todos los documentos antiguos y en todos mis escritos, y así seguiré haciéndolo.

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