El Casio de correa negra


A sus 80 años largos ya le costaría horrores encontrar los botones, si alguien la hubiese instruido en la, para ella, insalvable tecnología del Casio de correa negra. Igual que si tuviese ocasión de aprender a leer o a escribir, en lugar de que la observación del mundo detrás de un pequeño rebaño, antes de ovejas ahora de vacas, fuese su única escuela. Como nada de eso ocurrió y el cauce de esa mirada gastada desemboca ya en dos considerables cataratas, tiene que pedir ayuda.

-«Cámbiasme o meu logho

Algo había cogido de lo que momentos antes el catedrático baiés Jorge Mira estaba contando en la tele y sintió la necesidad de adaptarse, de ese «ser coma todos» que ha marcado la existencia de tantas mujeres del rural gallego, a base de enterrarle los pies en la tierra con la misma azada que le cortaba las alas.

Soltada no sin esfuerzos la hebilla, con esos dedos teñidos de una negrura adquirida por ósmosis con el mandil, y tras la entrega solícita para proceder a tan compleja tarea, llega la sorpresa. Primero, porque aún es jueves y faltan tres días para el único asunto capaz de eclipsar la escandalosa goleada del Barça al Madrid. Y segundo, porque el trabajo ya está hecho. Las necesidades del pastoreo, comer algo -por las noches ya muy poco- y una misa de domingo de vez en cuando no entendieron de convenciones sociales, ni de solsticios y equinoccios. O sí, seguramente sí. Seguramente esos requerimientos de una existencia de mínimos en lo material entiendan bastante de ciclos, pero de los de la tierra, de los de la vida. No de los que marcan esas máquinas de ruedas dentadas y manecillas por las que Cristiano Ronaldo llega a pagar hasta dos millones de euros, con bastante más facilidad que para devolvérselos a Hacienda.

Medio año entero no fue tanto tiempo. Al menos no el suficiente para que mereciese la pena pedirles prestados unos cuantos segundos a alguien de la familia o algún vecino para que moviese un dígito, solo uno de la pantalla del Casio.

Y es que el tiempo no existe -probablemente Mira opine lo contrario y pueda probarlo de 1.000 formas, pero realmente no existe. Al menos no se trata de constante inmutable que tenga el mismo significado para todas, si tan siquiera el mismo significado a lo largo del conjunto de la vida. Basta recordar la sensación de ir en coche hasta A Coruña con cinco, seis o siete años y compararla con un día en el que ahora te llevan del copiloto a las rebajas del Marineda. Lo que era eternidad y media se ha transformado en aún no me he quitado el pijama y ya me reclaman desde el Zara. Quizás lo único que no haya cambiado en todo este tiempo sea la pila del Casio de correa negra.

Por J. V. Lado CIUDADANA

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