Los políticos son todos corruptos, los empresarios basan sus ganancias en explotar al obrero, los mariscadores se roban hasta a sí mismos, los agricultores envenenan la tierra, los pescadores esquilman los ríos y los cazadores los montes, los hosteleros estafan a los peregrinos y los taberneros drogan a los jóvenes.
A menudo tendemos a pensar que todos los males del mundo se producen en la Costa da Morte y convertimos la excepción en regla como una manera de autoflagelarnos y de reforzar ese victimismo congénito, necesario para que podamos creernos un complejo de inferioridad que se sustenta poco si miramos a al mundo real.
Esta comarca está llena de gente honrada, trabajadora y brillante que, a poco que se le da la oportunidad de hacerlo, demuestra que no tiene nada que envidiarle a nadie.
Dos niñas de aquí -mujeres ya- se van a presentar a la Selectividad con un expediente no bueno, perfecto, y con casi toda seguridad podrán abrirse en la vida el camino que les de la gana. Compañeros suyos, más o menos estudiosos que ellas, con la ayuda de unos profesores con ganas de algo más que cumplir el horario, han montado un concurso cultural en el instituto Fernando Blanco que, aparte de divertido, recibe loas desde todos los ámbitos educativos.
Cuando vienen mal dadas como ahora, cientos de familias las pasan verdaderamente canutas para algo tan básico como comer, pero al menos otras tantas personas no dudan en coger una bicicleta, ponerse a juntar tapones de plástico o saltar a la comba si hace falta para tratar de ayudarles en lo que pueden.
Por muchos castigos que caigan, ya sean temporales destructivos, petroleros chatarra o vidas dejadas en el mar, en este rincón del mundo sigue habiendo gente con ilusiones, que tiene ganas de prosperar y no necesariamente a costa de dejar por el camino todos los demás. Hay motivos para creer en ella y para saber que, cuando nos haga falta, todavía tenemos en quien confiar.