Los rumorosos de Pondal están en peligro. Es aterrador ver como el fuego destruye la vida, como si nos hubiésemos desligado de la tierra que nos amamanta. Los incendios nos queman el alma. Los montes han sido nuestra protección durante siglos. Un país que quema sus árboles tiene poco futuro. Es como prender las llamas al porvenir. Días atrás ardieron 90 hectáreas en Laxe. Las arboledas pontecesanas que inspiraron al bardo inmortal llevaron el mismo destino. El mítico monte Pindo se vio amenazado. Los hidroaviones sobrevolaron durante horas el cielo de la Costa da Morte en un episodio que recordaba escenas de una guerra transmitida en directo mientras el humo ahogaba la respiración y el ánimo. Es necesario poner fin a este baile macabro. La sociedad, los gobiernos y los propietarios tienen que ver la gravedad de esta destrucción del patrimonio natural. Prevenir es explotar racionalmente las superficies forestales, bien repobladas con especies variadas y mucha presencia de ganado, hacerlas rentables y generar conciencia de valor. Es el mejor modo de apagar el fuego.