Los otros dones de la tierra

CARBALLO

Decenas de explotaciones de wolframio, titanio, pirita, cuarzo, oro y caolín llegaron a funcionar simultáneamente en una comarca en la que hoy apenas queda nada

28 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Hubo un tiempo en que la tierra, en la Costa da Morte, daba algo más que patatas. Productos mucho más rentables que nada tenían que ver con la agricultura. En la comarca proliferaron las explotaciones mineras de arcillas y minerales. Las minas del monte Neme, en Carballo, son las que mantienen en la memoria de muchos el vínculo industrial de la comarca, pero hubo muchas más.

La Costa da Morte es una zona de la que salió oro, wolframio, titanio, cuarzo, pirita y caolín. A principios del siglo pasado eran decenas las explotaciones abiertas y funcionando a pleno rendimiento, sobre todo las de wolframio, un metal que generó cientos de puestos de trabajo y permitió a algunos amasar grandes fortunas.

Su explotación, curiosamente, la introdujo un médico, no un ingeniero. Pedro Abelenda era natural de Malpica, aunque afincado en Carballo. En su mente siempre estuvo el wolframio, un producto con que el que soñaba en hacerse rico. Lo consiguió.

El wolframio era un elemento fundamental en la fabricación de armamento. Tanques y cañones lo llevaban aleado con otros metales en su composición. En época de guerra, el precio de la materia prima se disparaba y los productores obtenían importantes beneficios.

Cuenta Xan Fraga que eso fue precisamente lo que le pasó a Abelenda. La Alemania nazi necesitaba alimentar con nuevas armas su máquina de guerra, y en Carballo y su entorno -también lo había en Cuns -en O Carrizal de Abaixo- y en Santa Comba encontraron buena parte de lo buscaban. Eso sí, pagando.

Fue una época dorada para el negocio de Abelenda, con las minas en concesión a la empresa Sofindo produciendo a pleno rendimiento y dando trabajo a vecinos de Carballo, Sofán, Buño, Cances y muchos otros lugares del entorno.

Vislumbrando ya que la guerra se decantaría del bando de los aliados, el Gobierno de Franco empezó a poner problemas a la explotación de wolframio para evitarse conflictos con los futuros vencedores. Hacia 1943, en un Carballo donde se cruzaban espías de todos los bandos y donde el estraperlo del wolframio permitía mejorar los ingresos domésticos, el negocio empezó a decaer.

Con Abelenda trabajaba Jacinto Amigo Leira, Chinto. Era su segundo, y a la postre fue también quien heredó el negocio. Como Abelenda, Amigo acabó haciéndose de oro gracias al wolframio. No fue ya la Segunda Guerra Mundial la que llenaría sus bolsillos, sino la guerra de Corea.

En el monte Neme la actividad no paraban las excavaciones, repartidas en cientos de hectáreas, se contaban por docenas. Cada hoyo con su nombre. La Galaica, la Reconquista, Lolita, Carlos Milagros, Pilar... Son alguno de los nombres de minas que ocupaban desde 160 hectáreas la más grande a solo unas cuantas en las más pequeñas.

A Amigo le fue bien el negocio. Llegó a ser alcalde de Carballo y cuenta Xan Fraga que Franco se refería a él como «Chinto el del wolframio».

Abelenda inició el negocio pidiendo permisos en 1917, y a mediados de siglo seguía funcionando bien. Cambiaría de nuevo la empresa de manos y acabaría en las de la familia Ferreiro, en una tercera etapa que se prolongaría, con una lenta decadencia, hasta mediados de los 80, cuando las minas del monte Neme dejaron de ser productivas.

Las instalaciones cerraron y quedan hoy algunos restos, pocos, después de que la Xunta, hace años, exigiera la demolición de túneles y el tapado de huecos para prevenir accidentes. Falta un centro de interpretación que saque del olvido aquella época, pero por ahora no parece que vaya adelante.