Otra forma de entender la diversión

Más de una decena de salones funcionaron durante años para entretener las noches a los vecinos, todos han desaparecido, pero dejando muy buenos recuerdos


Cada época tiene su forma de pasarlo bien. Hoy los jóvenes celebran botellones. Ayer se bailaba en discotecas y poco antes triunfaban las salas de fiestas, aquel fruto de los 80. Pero antes a los jóvenes también les gustaba reunirse y bailar. A unos más que a otros, claro. Parece que en Cabana se aplicaban en ello. Lo hacían en salones de baile. Unos locales que hoy parecen de otra época y que quienes los frecuentaron recuerdan con especial cariño.

Más de una decena de salones de baile hubo en Cabana. La historia de la mayor parte de ellos permaneció en el ámbito privado hasta que el Concello de Cabana decidió recuperarla para exponerla a los vecinos. Para ello los historiadores Ángel Eiroa y Xosé Manuel Varela recogieron una abundante documentación, la mayor parte mediante entrevistas con los hijos de quienes fundaron aquellos salones y con vecinos que, entonces jóvenes, bailaron en ellos.

En una época en la que los coches eran más bien escasos -y escasas eran también las carreteras- no había forma de recorrer grandes distancias para pasarlo bien. Pero sí había las mismas ganas que ahora. Por eso proliferaron los salones, a veces varios en cada parroquia. Hay nombres que a los más veteranos de Cabana les traerán dulces recuerdos. El del salón del Xastre de Anos, el de Patricio, el de Marroco, O Tarrulo, el de Rama, el de Elvira de Rama, el de Seixoso, do Burreiro, de Caravel, de Manuel Rodríguez, de Severino, de Nieves de Oróns, de Daniel do Cacharro, de María da Fonte y de Secundino. Y seguramente alguno más que se quedará en el recuerdo de quien bailó en ellos.

Son nombres ligados a otras músicas que ahora ya no suenan, a formaciones musicales que no están en las listas de ventas, pero que mantienen vivo el eco de sus nombres, como en el caso de la Orquesta Venus, que pasó por alguno de los locales. Y de sus músicos, Jesús Cotelo, Manuel Barullo, Ramón Varela, Ghamallos y otros más que, juntos y separados pasaron por los lugares de Cabana a animar las noches en locales en los que invariablemente se veía en las paredes el mismo cartel, «se prohíbe ceder la pareja», cosas de la moral de la época y orden que casi nadie respetaba.

A muchos llegaban los jóvenes en bicicleta, andando o a caballo. Por aquellas pistas de tierra había que ir con zuecos para llegar secos. Los zuecos se guardaban después en una sala para dedicarse al baile. Para alumbrarse en el camino, a veces se llevaban teas, sobre todo a la vuelta, entre las doce de la noche y la una de la madrugada, cuando los propietarios avisaban, apagando y encendiendo la luz, que se trataba del último baile y tocaba retirada. Eso, claro, cuando había luz, porque en la gran mayoría de aquellas salas de baile, galpones con suelo de madera, no había luz en los años 40 y 50. La mayor parte daba luz a la pista con un petromás, un sistema de iluminación con gasolina. También había carburo.

Otros llegaban a caballo, las mujeres detrás con las piernas a un lado. Recuerda Julio Lema que Pailos, de Anllóns, no llevaba el animal a la corte, sino hasta el mostrador, donde le daba vino, que le gustaba bien.

Algunos, no muchos, tenían taberna. La mayoría la ubicaban en la casa adyacente, donde vivían los dueños. En aquellos bares no había cócteles. Arrasaba la Mirinda, las botellas de boliche, las cervezas Águila Negra y Cruz del Norte -y más tarde Estrella Galicia-, el clarete, el brandi y la caña. Se bebía gaseosa Pitusa y Obelisco. Y también vino, claro, en barricas. Embotellado, con suerte, Sansón y Moscatel. Para comer algo para reponer fuerzas, eran frecuentas los bocadillos de chorizo y los de sardinas en lata.

En el salón de Secundino, en Nantón, también se vendía tabaco en la taberna. Peninsulares, Ideales y Celtas Cortos.

A los bailes iban los hombres solos y las mujeres acompañadas por sus respectivas madres. Muchas se sentaban en los bancos que había pegados a las paredes a mirar a la hija y a aguantarle la chaqueta, otras aprovechaban y se echaban también sus bailes las noches de los domingos.

Pero en aquellos locales, centros de reunión de todos los jóvenes del entorno, no solo había bailes. De vez en cuando se programaba teatro, comedias en su mayor parte, y en algunos casos, como en el del Xastre de Anos, hasta cine. Allí se desplegaba una sábana y sobre ella se proyectaban películas de Chaplin.

Los salones tuvieron su época de esplendor tras la Guerra Civil. Algunos, pocos, ya existían antes. La mayor parte aparecieron en los 40 y los 50. En los 60 todavía tenían tirón entre los jóvenes, pero muchos empezaron a cerrar en esa década. El de Secundino, por ejemplo, permanecería abierto todavía hasta el año 1973. Para entonces ya todos se habían convertido en almacenes, garajes o habían desaparecido. Los jóvenes empezaban a divertirse de otra manera y las grandes salas de fiestas -y seguramente también la difusión del asfalto y de los medios de transporte- acabaron por eclipsar a los salones. Baio se convirtió entonces en centro de peregrinación los fines de semana. Los músicos ciegos que tocaban el acordeón y los regueifeiros fueron dejándole sitio a los discos y las grandes orquestas más modernas.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
1 votos

Otra forma de entender la diversión