Los gitanos que se ríen del dolor

CARBALLO

Los Dhoad Gypsies mezclan la música con las proezas de un faquir en Santiago

28 ago 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Para asistir al espectáculo de los Dhoad Gypsies (Los Gitanos de Dhoad) en la plaza de A Quintana, dentro del Festival dos Abrazos, lo primero es saber dónde cae Rajastán. Y cae en el noroeste de la India y su capital es Jaipur, la ciudad rosa.

Hechos los deberes, nos preparamos para un espectáculo en el que se anuncian proezas increíbles de hombres que caminan sobre clavos, que comen fuego y que son capaces de bailar sobre las hojas de tres sables.

Aunque tocan sentados sobre el empedrado de la plaza, marcha no les falta. Las escaleras, convertidas en grada, están hasta la bandera. Mientras los músicos rompen el hielo con algunos temas tradicionales y animadísimos, justo delante del escenario se pueden ver varios vasos de cristal, una tinaja de barro y un pequeño tapete lleno de clavos con la punta hacia arriba.

«¡All together! (todos juntos)», dice el único del grupo que no lleva turbante, animando al público a participar en el tema Nimburá. Alguien suelta de repente: «¡Ei, carballeira!».

«¿Y cuándo sale el faquir? ¿Cuándo sale el faquir?», le pregunta con insistencia a su madre una niña con gafitas. Llama la atención la sonrisa perenne de estos gitanos indios de dientes blanquísimos que se ganan al respetable. Y llega el momento más esperado.

Un tipo delgadito, que viste una túnica amarilla, se pone delante de la orquesta y se marca un solo de baile. Empieza lo bueno. Uno de los músicos se convierte en su ayudante mientras los demás tocan, y ayuda al de amarillo a colocarse sobre la cabeza un pequeño vaso de vidrio. Se lo encaja en una cabellera negra y rizada que le da un ligero toque Jackson Five. Sobre el vaso, el ayudante coloca una vasija de barro llena de agua y el de los Jackson Five empieza a bailar manteniendo el equilibrio. A partir de ese momento, la cosa se irá complicando.

Suena una música frenética de fondo y el de rojo le sigue complicando la vida a su colega el del pelo rizado. Con cierta cara de sádico, muestra al respetable la alfombra de clavos. Oh, no, no será capaz... Pues sí, es capaz. El de amarillo, con la vajilla en la cabeza, se sube sobre los clavos y sigue danzando, como quien tuviera las plantas de los pies desnudos de hormigón armado. O eso, o unos callos dignos de estudio. Pisa, moreno, pisa con garbo. El de rojo cobra por fastidiar, está claro. Sobre el primer vaso, coloca otro, y después otro más, hasta que la peligrosa torre que nace en la cabeza del faquir crece sin medida. Y más equilibrio y más clavos. Parece que tuviera el menaje atornillado al cráneo.

El de rojo vuelve a sonreír con malicia y enseña tres sables insertados en unos tacos, con los filos hacia arriba. El faquir de la melena, que ni se despeina ni nada, baila ahora sobre los filos sin perder el equilibrio y con la cabeza como una estantería de Establecimientos Álvarez. El corazón en un puño. Ovación.

Finalizado el número del equilibrio y la ausencia de dolor, el faquir se queda en paños menores y empieza un espectáculo con fuego. Al precio que está la gasolina, le da varios tragos a un vaso y se convierte en un dragón flamígero, en un lanzallamas humano. Y se frota con antorchas y no se quema. Los gitanos tocan cada vez más rápido, y la gente vibra. Un espectáculo digno del marajá Sawai Jai Singh.