Una quincena de naves penden del techo del santuario de Muxía: pesqueros, veleros, de guerra o vapores donados por devotos en señal de agradecimiento
09 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Vuelan por el templo, como el galeón de El planeta del tesoro surcaba el espacio. En ambos casos, solo en la imaginación de quien los mira. Y los ven todos los que acuden al interior del santuario de la Barca, porque allí es donde cuelgan: del techo, agarrados con cadenas, suspendidos en el vacío, sobre la cabeza de los fieles o entre la soledad de las jornadas de diario, una quincena de excelentes reproducciones de barcos que llegaron a ese lugar luego del minucioso trabajo de manos orfebres tras el encargo de marineros o vecinos que quisieron dar, a la Virxe, una ofrenda. La mayoría, para agradecer algo. Algunos, para pedirlo. Pocos, donaron porque sí. De todo hay.
El santuario de la Barca es, con toda probabilidad, por calidad y cantidad, el mejor de España en este tipo de ritual de maquetas. Hay muchos más. Como recuerda el profesor de filosofía y antropólogo Xelucho Abella, es un tradición ligada a villas y santuarios de vocación marinera. Los de la ermita de Pastoriza, en Arteixo, son conocidos. Menos barcos que en Muxía, pero conocidos.
También hay alguno en Corme, en Malpica... En la capilla de la Virxe do Monte lo mismo, pero están sobre la vitrina de piedra, no colgados. En el norte de España, tal vez los más famosos sean los de la impresionante ermita de San Pedro de Gaztelugatxe, situada en un islote unido a tierra, próximo a Bermeo. Abella explica que se ha hecho algún estudio relacionado con esta práctica.
Sin embargo, lo de Muxía es otra cosa. Algunas réplicas son espectaculares. Hay veleros con velas desplegadas y sin desplegar. Dos vapores, un buque de guerra (imita al Blas de Lezo, es del 59), un catamarán, cuatro pesqueros... Los más recientes andan por la década. Los más viejos, de principios del siglo pasado, incluso de antes. Muchos fueron restaurados.
Cuenta el párroco, Manuel Liñeiro, que lleva ya 24 años en Muxía, que el salitre les afecta mucho, causa desperfectos y que hay que trabajar en ellos. Francisco Javier Lago Vilela restauró muchos de ellos y donó otros dos (los que tienen las velas recogidas) al templo, así que los conoce a todos de sobra. Trabajó en ellos con un familiar, Eleuterio Vilela, ya fallecido. Los vapores son los únicos que no han sido tocados.
Chucho de Herminia o Manolo da Moura son otros nombres de muxiáns que, en su día, también aportaron su grano de arena a esta tradición maquetista. Otro que donó un barco fue Juan Ignacio Sambad Luaces, también de Muxía. Calcula que hace quince años. Fue el primero iluminado. Se parecía al Rey Álvarez , salvo por la popa, tristemente desaparecido. Tenía un negocio denominado El Quijote, y al buque le puso Sancho .
Hace poco construyó otro, debió llevarle un año de trabajo, tiene mil detalles pequeños. Estas labores van a otro ritmo. Un vecino se lo pagaba a muy buen precio para llevarlo allí y sumarlo a la pequeña flota existente, pero no quiso.
El párroco señala que hay muchos barcos, pero hubo más. Alguno se lo llevaron, otro cayó. Otros están en un cuadro, y por haber, hasta hubo un oferente que llevó hasta el santuario el timón de un pesquero.
La tradición es fuerte, aporta un atractivo más de peso a un lugar que por sí solo ya es un imán de fieles y turistas, pero no parece que vaya a tener continuidad.