«Sen risco e sen sacrificio non se consegue nada, e o da sorte é algo moi relativo»

CARBALLO

Empezó a trabajar de niño. Despachó en farmacia, emigró, se formó y montó un negocio de turismo rural pionero

22 dic 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

A José Taibo le va como anillo al dedo eso de hombre hecho a sí mismo. Es cierto que todo el mundo se ha hecho a sí mismo, pero es expresión se acuñó para describir a quienes, partiendo de una base con muy escasas oportunidades, por economía o situación, gracias al tesón y al trabajo consiguieron labrarse un buen puesto en la vida. Ya valdría, incluso, por la ocupación de la tercera parte de su vida, que es la que todo el mundo conoce: la puesta en marcha del Pazo do Souto, en Sísamo, un ejemplo de turismo rural en Galicia, pionera en la comarca y mucho más allá en una época, hace quince años (se estrenó en el 92) en el que los ejemplos se contaban con los dedos de una mano, y sobraban. Además, con un nivel elevado de prestaciones.

Pero esta es la tercera parte. Lo mejor es empezar por las otras dos, que, según se mire, hasta tienen más mérito.

La primera empieza en Sísamo, a donde volvió con los años. En una familia de 14 hermanos. Mediaban los años cuarenta, eran otros tiempos. Al preguntarle cuándo se puso a trabajar, bromea: «¡Ao pouco de nacer!». A los 13 años se puso a trabajar en la farmacia de los Moure. Eso le animó a aprender. Durante dos años y medio realizó un curso por correspondencia con el Instituto Americano. «Valeume moitísimo, encamiñoume cara os estudos», recuerda. Empezó a realizar análisis, a elaborar preparados. Hasta yogures, que recetaban los médicos. Iba a la zona de la Condesa, al lado, a buscar ranas para las pruebas de embarazo. Era otro Carballo. Recuerda con dolor aquel pueblo, perdido con la urbanización indiscriminada en lo que hoy es la zona de los Baños Vellos. No queda nada de aquellos jardines. «Foi un atentado á historia do pobo, á súa identidade».

Durante cinco años, se encargó de la farmacia, y después se fue, «con gran disgusto dos Moure». A Zúrich, en Suiza. Durante 27 años.

Comienza aquí la segunda etapa de su vida.

Empezó en una empresa textil, y al mismo tiempo, estudiaba. Con los años hablaría, y aún lo hace, alemán, francés, inglés e italiano. Fue su dominio de idiomas lo que le facilitaría realizar funciones de intérprete para un sindicato. De ahí, a un banco, reclamado por personas que fue conociendo. Y eso que tenía un contrato de cinco años, pero le gestionaron la salida.

Fue directo a la entidad bancaria. Empezó de botones. Siguió aprendiendo: el bachiller, banca, contabilidad, bolsa. Al mismo tiempo, iba escalando puestos, hasta llegar a ser director del departamento de Bolsa. «Se querías, non había límites. Había moito traballo, dábanche oportunidades», señala, muy agradecido a Suiza.

Así fueron pasando esas casi tres décadas, hasta que empezó a plantearse la vuelta. Sobre todo, por cuestiones de salud y recomendaciones del médico. Fue quien le dijo que tal vez ganase mucho dinero, pero que eso lo pagaría el cuerpo.

Fue por esos años, finales de los ochenta, cuando su padre le anuncia que se vende la Casa da Torre, como se le conoce en Sísamo, junto al de Pazo do Souto. Es sencillo: primero fue torre medieval, luego pazo, mandado construir en el XVII. Era de los Montenegro, que decidieron deshacerse de él porque, entre otros motivos, estaba muy abandonado.

Su edificio escolar

No fue una compra inmediata. Había otros interesados, pedían mucho, la restauración sería costosa... Pero, al final, acabó en sus manos. Un edificio al que él mismo, de pequeño, había acudido a la escuela, en torno al que había jugado, el que siempre había visto como cercano en el espacio, pero lejano en las posibilidades de lograrlo.

Cuando ya lo tuvo, comenzó esa tercera parte de su vida, que aún dura. Arreglar el pazo llevó cinco años. Saber a qué iba dedicarlo fue convenientemente analizado. De hecho, empezó con unos invernaderos. Siempre le gustaron las flores. Ya en Suiza cuidaba con premura su jardín. Hizo un estudio de mercado y apostó por la restauración y la hospedería. Pero las bodas arrastraban multitudes y eso no le gustaba. Quería más calma, y el alojamiento ganó la batalla. Empezó con cuatro habitaciones y ahora son once. Abriendo todo el año, hasta el que viene, que empezará a cerrar enero y febrero.

Como pionero que fue, Taibo se perdió el bum de las subvenciones para el sector que comenzaron a finales de los noventa. En realidad. Se perdió todo, pero ganó tiempo y un nombre que traspasa fronteras. Tiene clientes de toda España, del extranjero. Un americano repite siempre, incluso dos veces al año en ocasiones. Dice que se aprende mucho en ese negocio, que aporta satisfacciones, «é tranquilo e dá para vivir». Alguna cosa parecida ya había visto por Suiza en los sesenta alquilando un chalé cuando iba a esquiar.

Hoy, la oferta de turismo rural es muy abundante, y se pregunta «se haberá negocio para todos». Lamenta mucho la falta de actividades para el turista, «porque a paisaxe axuda, pero non chega». El nombre de la Costa da Morte tira mucho, pero cuando empezó, «ninguén falaba dela». No entiende que «un pobo como Carballo non teña moito máis, e ben organizado». Se refiere sobre todo a iniciativas privadas para los visitantes: caballos, golf, senderismo, naturaleza... Algo que en los pueblos centroeuropeos ya se coordinaba hace cuatro décadas.. Tampoco entiende algunos aspectos de la política de subvenciones. Cree que hay que ayudar al que empieza, porque montar una empresa no es fácil y los primeros años es cuando se precisa de esa ayuda pública.

Con tanto bagaje vital, ¿qué es más importante para triunfar, para salir adelante? ¿El riesgo, la suerte, el sacrificio? «Sen risco e sen sacrificio non se consegue nada, pero o da sorte é algo moi relativo. E o risco debe de ser calculado».