ARA SOLIS | O |
16 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.TRADICIONALMENTE, LAS casas rurales de Galicia eran viviendas unifamiliares. Si ya eran habituales las disputas vecinales por los límites de las fincas, imagínense lo que podría ser tener que residir en un mismo edificio. Hoy en día, ese tipo de vida sería impensable. Los pueblos crecen y los bloques de pisos proliferan de tal modo que, actualmente, en cualquier núcleo urbano de la Costa da Morte es imposible no tener que compartir con tus vecinos los llamados elementos comunes, como las escaleras o el ascensor. Y eso, ineludiblemente, conlleva problemas de convivencia. Al margen de situaciones tan corrientes como que alguno de los propietarios no pague la comunidad, uno de los mayores motivos de tensión entre vecinos es el provocado por los ruidos. En este tema es difícil encontrar un equilibrio entre los extremos. Por una parte están los que ponen la música a todo volumen, sin tener en cuenta las molestias que puedan ocasionar, y, por otra, los hipersensibles al ruido: los que oyen los grifos abiertos en el piso de arriba, el ruido de los pasos por el pasillo y todos esos sonidos que son inevitables salvo que la vivienda esté deshabitada. Lo que generalmente falta por parte de unos y otros es un poco de tolerancia y empatía. Porque, de alguna manera, todos hacemos ruidos que pueden molestar a los demás y todos escuchamos ruidos que nos molestan. Al fin y al cabo, estamos condenados a convivir.