ARA SOLIS | O |
05 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.AHORA QUE está de moda eso de Alejandro Magno me gusta pensar en los excesos de aquellas épocas. Y pienso también en aquellas polis belicosas a las que el célebre macedonio puso fin, y recuerdo que Tucídides contaba sus avatares con gran rigor y que en uno de esos ataques algo extraños un grupo de helenos mantuvo bajo asedio a una pequeña villa sicialiana durante meses y sólo logró conquistarla después de amenazar a los de dentro con arrasar las vides de los alrededores y dejarlos sin cosecha. Aquella Grecia localista tenía mucho de Costa da Morte. Pienso en los corcubioneses armándose con nocturnidad en la capilla del Pilar y saliendo a ajustar las cuentas a los de Cee sin previo aviso, o en los de Coristanco contestando al poder carballés con un ejército de hoplitas con ganas de bronca y hondas con patatas. Los de Muxía irían con sus naves a Camariñas para pasar a los del encaje a sangre y fuego y los de Fisterra se quedarían esperando con las espadas en alto y mirando de reojo al vecino por si de ahí venían los males. Cee acabaría sometiendo a Carnota y Carballo, como una Atenas canallesca, montaría una liga Ática cuya sombra llegaría a Mazaricos e inquietaría en A Coruña y Santiago. Y así, golpe va y golpe viene, seguiríamos año tras año hasta que apareciese nuestro peculiar Alejandro Magno, un señor con apellido de marca de brandy llamado a unificar a los costamortianos . Podría llamarse Pepe Paternina o Manolo do Siglo, un prócer capaz de unir Cee con Corcubión y Malpica con Ponteceso cuyo poder podría llegar hasta las riberas del Sil y amenazar con sus huestes A Mariña lucense. Quién sabe, tal vez si se le cortara el suministro de percebes a Madrid hasta acabase cayendo la capital de España.