El aire les falta a Ángeles y a Fran. Conectarse de noche a un respirador les permite paliar la insuficiencia que ella padece por la obesidad y él por una enfermedad neuromuscular
19 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Las historias de Ángeles y Fran tienen poco en común. Pero comparten algo esencial. Ambos necesitan ayuda para respirar. El aire para vivir que a la mayoría les llega solo. Un ventilador, al que se conectan de noche en sus casas, les permite continuar sus caminos, torcidos los dos por la enfermedad. Su insuficiencia respiratoria, consecuencia de otros males si cabe mayores, se dejó oír y ver ayer en el Hospital Juan Canalejo, donde neumólogos de toda Galicia participaron en el encuentro sobre ventilación y sueño. Ellos pusieron rostro a un trastorno más frecuente de lo que se cree, aunque sus casos se encuentren entre los más graves y, ahora, con la ayuda del ventilador casero, su evolución sea muy diferente. Dos años de encierro «Yo llevaba años vegetando, y vegetar no es vivir», cuenta Ángeles. En mayo cumplirá 50 años, aunque prefiere olvidar los dos últimos. Los dos que se pasó sin salir de casa más que para ir al médico. Hoy está en 136 kilos y bajando, pero llegó a pesar 180. En 1997 una cáscara de plátano se le cruzó en su camino en una calle londinense, a donde emigró de niña desde Caión. «Me partí las rodillas, me quedé casi inútil y empecé a engordar y engordar», explica. Y fue como si los kilos se empeñasen en encerrarse en el pecho. Comenzó su insuficiencia respiratoria y su peregrinaje de médico en médico. La sanidad no le era ajena, por algo trabajaba como supervisora de esterilización en cuatro hospitales de la capital británica, pero «no me daban con lo que tenía y me trataban para el asma». El verano pasado, en su viaje de vacaciones a Galicia, necesitó oxígeno en el avión. «Era la primera vez que me pasaba en 34 años», subraya. Llevaba meses sin dormir de noche y el sueño la asaltaba de día en cualquier parte. Tan profundo que, a finales de septiembre, su familia no consiguió despertarla. Ángeles ingresó en el Canalejo en estado semicomatoso. «No recuerdo nada de esas dos semanas más que la cara de la doctora Paz Valiño; pon por favor que es mi salvavidas», recalca. Caminar La neumóloga, miembro del equipo que se ocupa de tratar una de las consecuencias de los kilos de más de Àngeles, -la obesidad mórbida la llevan los endocrinos- explica que esa somnolencia diurna era realmente una narcosis provocada por el exceso de anhídrido carbónico al no respirar bien. Los médicos decidieron no intubarla y probar con el ventilador barométrico, un dispositivo electrónico que permite ajustar la presión y el volumen del aire que suministra y además controla los resultados midiendo los niveles de oxígeno y carbónico. Ángeles duerme -el valor de hacerlo se sabe cuando se ha sufrido insomnio- todas las noches con él puesto. «Es mi educador -describe-, me ha enseñado a respirar de nuevo».Esta mujer que antes cogía el coche para moverse 150 metros, camina hoy con muletas pero se recorre tres kilómetros de paseo marítimo en Caión. Atrás han quedado los días de pasar de la cama al sillón y viceversa, de llorar a escondidas para ahogar la angustia de sentirse asfixiada. «Lo más importante es que he recuperado el humor y las ganas de luchar y de disfrutar», dice. La depresión, prima hermana de la desesperanza, es ya pasado. «Yo -concluye- era una calle sin salida, vi que llegaba al final. Ahora no sólo puedo respirar, sino vivir».