Contaba el compositor Ramiro Cartelle que no había visto llover tanto en su vida como el día en que Franco llegó por primera vez a A Coruña, tras su triunfo en la Guerra Civil, y eso que era en el mes de junio. Uno no sabe que poderes mágicos tenía el Caudillo, pero su llegada a Galicia, fuese en el mes que fuese, en este caso a finales de agosto, congregaba la lluvia y hacía complicado su recibimiento a las autoridades. Porque Franco, además, no usaba paraguas ni quería que nadie portase uno para cubrirle. El Caudillo, como buen legionario, siempre a cuerpo descubierto. El ministro de Marina, almirante Moreno, le esperaba, con uniforme de gala y lleno de medallas en la escalerilla de la Dársena, llena de alquitrán y verdín, que la hacía resbaladiza cual pista de patinaje. Hacía dos años, en 1950, Franco había hecho un viaje al Sahara español. En una de las villas que visitó hacía diez años que no llovía y justo el día antes cayó una repetición del diluvio universal. Los moros, asombrados y felices, recibieron al Caudillo como al maná del desierto. Uno de ellos le dijo: «Sois el enviado del profeta que traéis agua para el sediento».