La dignidad de los perdedores


S i algo ha conseguido esta política es barnizarnos con una gruesa capa de miedo. Salvo los muy ricos, que por no temer no temen ni al impuesto que les va a preparar el nuevo gobierno de Sánchez cuando se recupere del susto, el resto vivimos atenazados por el pánico. Es algo más que la inquietud lógica a que las empresas cierren, a que los jefes ajusten cuentas y nos den el paseíllo hasta el INEM porque un día les miremos mal en la máquina del café.

No es el agobio normal de quien afronta una situación con menos recursos, sino un horror indescriptible a caer despeñados al sótano de la escala social. Tememos descubrirnos perdedores y llegaríamos a vender nuestra alma al diablo para conservar ese puesto de trabajo que se pone a cien en seis segundos y el adosado en las afueras, donde hacemos esas barbacoas con el vecino mientras comentamos que la costa está mal, que lo de las autonomías es una ruina, que muchos parados son unos vagos y que ya está bien de que a los inmigrantes les salgan gratis los tratamientos contra el cáncer.

Nos hemos instalado en una clase media ridícula, que aceptaría cualquier arreglo con tal de seguir en ese machito de opulenta mediocridad y por eso respiramos aliviados cuando el ERE pasa de largo y se ceba en esos compañeros de al lado, a los que damos golpecitos en la espalda; no levantamos la voz cuando es a nosotros a quienes no recortan el sueldo y seguimos callados cuando tipos con 80 millones de pensión nos dicen que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Hasta nos parecerá bien que a los abuelos les cobren por ir al médico.

Escuchamos aterrados las visiones apocalípticas de esas élites económicas que ven el futuro en los posos de café y en los restos de farlopa de sus espejitos, y hasta los ateos rezan para que siga habiendo pensiones cuando se jubilen, como si fuera una concesión por la que tengan que estar agradecidos. Quizá con tanto miedo acabe por activarse el resorte de la dignidad.

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