«Es un secreto»


Non canimus surdis

¿Saben guardar un secreto? Todas las profesiones despiertan cierto interés en aquellas personas que no las ejercen. Por ello siempre me he preguntado si un abogado preparará un juicio como los actores un ensayo o si un escritor pone el despertador como un oficinista. Recordé todo esto cuando, contradictoriamente, me sorprendieron preguntándome cómo funciona la recogida de información en el periodismo o cómo aterrizan y se manejan las filtraciones en una redacción.

Por un instante me quedé con la boca abierta amagando con soltarlo todo, pero acabé sacando una de esas muecas de espía de «te entregaré el maletín con la pasta cuando tú sueltes el microfilm» y respondí: «Es un secreto». Y, sin que sirva de precedente, mentí. Porque los secretos en este oficio ya no son lo que eran.El ejercicio periodístico pasa por horas bajas, tras la reciente orden judicial por la que se le retiraron sus teléfonos móviles y portátiles a un compañero de un periódico mallorquín y a una compañera de una agencia de noticias.

Este caso ha vuelto a poner de manifiesto la escasa protección de ciertos derechos constitucionales como el secreto profesional periodístico -artículo 20 de la Carta Magna-, que, al igual que los de la vivienda y trabajo digno, a veces resultan ser muy flexibles. Pero, ¿saben qué otro secreto sí cuenta con el desarrollo legislativo para el que los diputados no tuvieron tiempo en cuatro décadas de democracia? La Ley de Secretos Oficiales de 1968 por la que no se puede acceder a documentos sobre el listado de sospechosos de blanqueo de dinero, el golpe del 23F o el pasado del torturador Billy el Niño.

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