Democratización de la Navidad

BARBANZA

Ahora que la Navidad se ha encendido en la mayor parte de los municipios barbanzanos, resulta evidente que no luce en todas partes por igual. Por una cuestión poblacional, la iluminación siempre brilla más y llega antes al casco urbano, especialmente a las calles comerciales. Y es que, al parecer, el alumbrado juega un papel importante a la hora de incentivar las compras, un atractivo más que despierta a ese consumidor -más o menos responsable- que todos llevamos dentro, tan interiorizado como el instinto que mueve a las luciérnagas a acercarse a la luz.

A sabiendas de ello, desde los ayuntamientos se hace un especial esfuerzo por llevar los motivos más vistosos y coloridos a las arterias principales, mientras que en muchas parroquias se tienen que conformar con los mismos modelos de todos los años, de resplandor apagado, cuando no con bombillas fundidas. Los leds son para las ciudades y las plazas cercanas a los ventanales de los consistorios, en donde la Navidad entra a raudales cuando cae la noche.

La democratización de las luces navideñas es, por lo visto, una utopía, porque no hay presupuesto para dotar por igual a todo el territorio con alumbrado festivo, y no tiene tampoco el mismo poder adquisitivo un concello con 27.000 habitantes que el de 4.000, claro está, pero no estaría de más dignificar un poco a esos vecinos de las parroquias, contribuyentes también, con elementos que deslucen más de lo que lucen.

Con todo, el ciudadano es condescendiente y agradecido. «Mellor esto que nada», decían en un pueblo de Barbanza de cuyo nombre no quiero acordarme, porque el ejemplo sirve para otros tantos en donde el agravio comparativo es igual de evidente. «Hai cousas máis importantes nas que meter os cartos», sentenciaba otro vecino al que su compañera de caminatas le daba la razón. Nadie en su sano juicio se la quitaría, pero ¿hasta que punto deberían seguir conformándose con las luces viejas y pasadas de moda que ya no sirven para el casco urbano, pero sí para el rural?

Como ocurre con las luces de Navidad pasa también con muchos otros servicios. ¿Por qué conformarse con las pistas sin aceras y por las que apenas cabe un coche porque llevan así toda la vida? ¿Por qué resignarse a que un camión de bomberos no pueda llegar a la aldea cuando el fuego acecha sus casas? ¿Por qué callarse cuándo hay que recorrer con la silla de ruedas cuestas mal asfaltadas porque la ambulancia no es capaz de acceder a un camino que se hizo antes de que hubiera coches en circulación? Hay mucho todavía por hacer en las parroquias, en donde hay menos votantes, sí, pero no por ello se deberían menoscabar sus derechos.