A Domingo Fontán no le habría gustado la actual planificación ferroviaria y habría puesto el grito en el cielo al ver desmantelada la estación de su Portas natal, por la que seguro que luchó. Era un visionario, un científico que amaba el territorio, lo midió palmo a palmo y nos dejó el primer mapa topográfico, la Carta Geométrica de Galicia.
Participó activamente en el diseño del ferrocarril y su pluma subyace en cada trazo de las líneas secundarias: el trazado es impecable, buscando la orografía y los principales hitos de la época, es tan coherente que casi se podría reconstruir hoy.
Claro que los poderes se han transformado y el paisaje fue colonizado, por lo que ahora sería más práctico un trazado paralelo a la autovía, sin abrir nuevas brechas territoriales y buscando la rentabilidad de nuestros centros productivos: los parques empresariales.
Fontán y los de su época sabían que el ferrocarril sería un elemento vertebrador del territorio, de comunicación entre pueblos y gentes, de relación y cohesión de las comarcas. No existe región europea avanzada que no disponga de una red de cercanías, tampoco se entienden un parque empresarial ni un puerto importante sin el apoyo de una línea de tren.
Mi abuelo me comentaba que los empresarios locales habían rechazado la llegada del ferrocarril porque, según ellos, traería maleantes y vagabundos al pueblo. A Estrada tenía más de treinta mil habitantes y era la octava población de Galicia, mientras Ribeira y Vilagarcía eran sendos pueblos marineros que apenas rebasaban las diez mil almas.
Aquélla perdió el treinta por ciento de su población mientras Vilagarcía la multiplicó por cuatro desde la construcción de la primera línea de ferrocarril en Galicia, inaugurada en 1873. No se entendería como es actualmente la capital de Arousa sin el ferrocarril.
Si bien es cierto que la ciudad del Ferrazo coincide en el Eje Atlántico y se nutre de sinergias de flujo entre el norte y el sur, también es cierto que Ribeira no habría estado aislada del resto de Galicia si se hubiese construido el cercanías que se proponía en el siglo XIX, su puerto podría ser mucho más potente y eficiente.
Empresarios, políticos y ciudadanos deben aunar esfuerzos por una línea para Barbanza. No perdamos el tren.