Carlitos

Maxi Olariaga

BARBANZA

15 sep 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

El pasado lunes tuvimos visita. Vino mi cuñada con su nieto último, Carlitos. Un terremoto de cuatro años y nueve grados que no llegó a tsunami porque a tiempo le impedí jugar con la manguera de la terraza. Entró en casa con cierta parsimonia, caminando como quien pisa huevos, y de un vistazo anotó en su mente los límites del salón.

Enseguida se fijó en el inalámbrico y comenzó a marcar números como un poseso. Deja ese teléfono, Carlitos, que muy capaz eres de ponerme con Obama y no digo que no me gustaría hablar con él, pero no me da la pensión para abonar la conferencia. Dejó el nuevo juguete que se había agenciado y enseguida nos preguntó dónde vivían los pajaritos.

Cuando descubrió a mis dos canarios se quedó un buen rato mirándolos. Sorprendí en sus ojos la sombra de una duda. Creo que no entendía muy bien si deberían estar enjaulados, pero preguntó por qué razón no hablaban.

Deduje que estaba acostumbrado a las charlas de los pájaros en los dibujos animados de la televisión, en los que los animales, por muy fieros que sean, tienen sus conversaciones sobre la vida cotidiana y sus frecuentes disputas por un quítame allá esas pajas.

Entonces me preguntó por Marco. «¿Qué Marco, de qué Marco me hablas? Del que se quedó sin mamá? ¡Claro!» Por increíble que parezca, a Carlitos le gustaban unos dibujos de los años setenta. Le busqué en Internet algún vídeo de Marco y comprobé como se estremecía cuando el pequeño Marco se desgañitaba con el célebre, «¡no te vayas, mamá!» Me dije que nada es lo que parece y que aquel loco bajito aún conservaba la sensibilidad necesaria para distinguir entre Marco y los X Men.

Me enterneció de tal modo esa sensibilidad con los dibujos que casi le permití jugar con la manguera. Aún que no es nieto del todo, Carlitos es sobrino nieto, lo cual también es un grado que me hace tío abuelo. Le he prometido enseñarle a tocar la guitarra. Un legado inmaterial sí, pero es lo mejor que tengo para él.