Los vecinos se volcaron en 1960 para ayudar a una familia inglesa cuyo yate quedó varado en las dunas. La medalla que les concedieron continúa expuesta en la iglesia
25 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.En una noche del crudo invierno de 1960, una pareja de ingleses y su hijo de solo nueve meses se vieron obligados a abandonar el yate en el que recorrían la costa gallega, que había quedado varado, para refugiarse del temporal. Cuando lograron alcanzar tierra pensaban que habían llegado a un desierto. Por suerte para ellos, estaban en las dunas de Corrubedo. Este pueblo mostró su cara más solidaria con los náufragos durante los nueves meses que pasaron hasta que fue posible poner a punto la embarcación, denominada Debonair .
Son muchos los vecinos de esta localidad ribeirense que recuerdan con claridad los detalles de aquel suceso. «Naqueles días había un temporal enorme. O iate quedou encallado ao final da praia das dunas de Corrubedo, preto do río, un sábado pola noite. Ao día seguinte, cando os veciños ían para a misa, foi cando se decataron do acontecido, xa que a embarcación víase perfectamente dende o pobo», comenta Vicente Vidal, que por aquel entonces era un chaval de 16 años.
Vidal recuerda perfectamente el nombre de la persona que dio la voz de alarma: «Manuel Alvariza foi o primeiro que avistou o iate. Logo as campás da igrexa avisaron a todo o pobo, que se trasladou en masa ao lugar do suceso». Hombres, mujeres y niños se desplazaron hasta la zona de las dunas para interesarse por lo ocurrido y prestar su ayuda en la medida de lo posible.
Fue entonces cuando entró en escena Alejandro Reino, un corrubedense ya fallecido que jugó un papel fundamental en esta historia. Su hijo Agustín, que vivió lo ocurrido desde un plano secundario, puesto que tenía solo 11 años, recuerda cómo en su casa permanecieron durante varios meses los tres tripulantes de aquel yate: «Cando meu pai chegou á praia atopou ao bebé e, posto que había tanto temporal, non dubidou en levalo para a casa. Co pequeno veu a súa nai e logo, tamén o pai. Quedaron con nós uns tres meses, ata que marcharon para o Club Náutico de Vigo, onde estiveron ata que o iate foi arranxado para volver a navegar».
El principal problema con el que se encontró la familia Reino es que aquella pareja, integrada por un norteamericano y una inglesa, no sabía hablar nada de español, por lo que entenderse con ellos era una misión bastante complicada: «A maior parte dos días viña ata a nosa casa un ribeirense que estivera en Estados Unidos e que sabía falar bastante ben o inglés. Lembro que con el se entendían. Logo tamén había varios veciños de Corrubedo que chapurreaban algo e tamén tentaban comunicarse con eles», señala Alejandro Reino.
El pequeño fue sin duda el que más sentimientos de cariño despertó: «Celebrou o seu primeiro aniversario na nosa casa, diso lémbrome á perfección», recuerda este vecino de Corrubedo. Y mientras la familia Reino hacía un gran esfuerzo para acomodar en su hogar a los náufragos, el pueblo entero trabajaba con el fin de conseguir que el Debonair estuviera a punto para volver a navegar cuanto antes.
La primera operación que se llevó a cabo en el entorno de las dunas consistió en trasladar la embarcación a tierra firme. Mediante el uso de varios gatos de Renfe, conseguidos por un abogado de Santiago, los vecinos lograron introducir una plataforma de madera bajo el barco. Luego, con la ayuda de bueyes y vacas, el Debonair fue arrastrado por la arena. Labradores de Seráns, Teira y Olveira, y conocidas familias de agricultores como Os do Barreiro y Os de Vizcaya, colaboraron en estas tareas. Uno de los protagonistas de esta operación fue Gerardo Diz Garrido, Gerucho da forneira , que fue la persona que se brindó a transportar a nado las estachas hasta el yate con el fin de poder así tirar desde tierra.
Adiós definitivo
Una vez que el Debonair fue reparado, tres embarcaciones se encargaron de remolcarlo nuevamente mar adentro. Fueron dos racús de Corrubedo: el Pinocho de tío Higinio y el Rápido de José do Son; y una vaca de Os Agudos de Aguiño. Logrado este reto, llegó el momento de la despedida, un adiós que no estuvo exento de emoción, puesto que habían pasado unos nueve meses desde la llegada a Corrubedo de los accidentales turistas, tiempo durante el que se habían creado lazos de amistad.
Aquel adiós fue definitivo, puesto que Alejandro Reino confiesa que su familia nunca más tuvo noticias de los ingleses: «En certa medida foron desagradecidos, xa que tiñan un poder adquisitivo alto e nunca máis se volveron a poñer en contacto con nós».
Pero la solidaridad que mostró el pueblo de Corrubedo le sirvió para hacerse con una medalla concedida por la Sociedad Española de Salvamento de Náufragos. El galardón todavía hoy está expuesto en el manto que luce la Virgen del Carmen, una imagen que está resguardada en la iglesia parroquial. El suceso también sigue vivo en la mente de muchos vecinos, que saben que actuaron correctamente.