Aquella mañana de Reyes

JUAN ORDÓÑEZ BUELA

BARBANZA

DESDE FUERA | O |

05 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EN MI ASADOS de Rianxo. En mis tiempos infantiles, a los niños nos hacían creer la patraña deliciosa de los Reyes Magos. Montados en sus extraños camellos, casi aves, llegaban a los balcones y dejaban en ellos juguetes o carbón, según se hubiera sido bueno o malo: que había que ser de la piel del diablo para que la amenaza se confirmara. En aquella mañana de Reyes, después de la guerra «incivil», era fácil de comprender que vendrían pobres. Eran épocas de la cartilla del racionamiento. Yo ya sabía que los reyes eran los padres, pero me había costado demasiado disimularlo durante un año para confesarlo ahora. Lo sabía desde la mañana que, con un ojo abierto y fingiendo que dormía como las liebres, había visto a mi padre levantarse muy de mañana, abrir la puerta de un armario y sacar los regalos de allí. Insisto en que fingí no haberme dado cuenta, temeroso de las consecuencias que podría acarrear el voluntario tránsito de la inocencia a la descarnada verdad. Nada bueno cabía esperar si yo reconocía públicamente que el Rey Mago lejos de llamarse Melchor respondió al poco interesante nombre de José Ordóñez Otero, mi padre. A lo largo del año entero, me sumí en astuto silencio, tanto a mis hermanos como a los compañeros del colegio pero aún me sigue acordando de aquella mañana de Reyes de 1.942.