Los piratas de la espesura

Abdón Dorca RIBEIRA

BARBANZA

Tomás Moraña es el primer gallego que obtiene permiso de la Xunta para practicar una modalidad cinegética que no se empleaba en Barbanza desde hace 5oo años

18 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Por los bosques de Barbanza merodeará mañana un cazador que no hacía acto de presencia por estas tierras desde hace quinientos años. De agudas garras y mirada afilada, las aves de presa amaestradas son empleadas por el hombre desde la Prehistoria. Tras una larguísima prohibición, la normativa gallega vuelve a permitir la cetrería en el territorio autonómico, y el barbanzano Tomás Moraña es la primera persona en obtener el permiso correspondiente. Piensa utilizarlo en el coto de Ribeira. La práctica de la cetrería está constatada al menos desde hace 5.000 años, pero su época de auge la tuvo en la Edad Media. Reyes, condes y cardenales adiestraban para la caza a unas aves cuya nobleza va más allá del abolengo de sus dueños. La belleza y majestuosidad de halcones, azores y gavilanes era apreciada ya por las antiguas civilizaciones. Así, los egipcios representaban a Horus, su dios del sol, como un ser híbrido con cuerpo de hombre y cabeza de halcón. Como la vida misma La simbología pervive. No sólo el país más poderoso del mundo porta en su escudo un águila de cabeza blanca. Incluso la propia Nasa, culmen del ansia humana de elevarse a las alturas, tiene como emblema el águila, como sinónimo de fuerza, poder y habilidad en el vuelo. Para el cazador versado, la cetrería es más que un deporte: es un modo de vida. A Tomás Moraña le gusta repetir las palabras del doctor Vital Laza acerca de esta práctica: «Con el rigor de la experiencia que en el amor por las cosas nace en su conocimiento, y aquello que se ignora mal se puede querer o respetar». Tomás explica que fue Félix Rodríguez de la Fuente quien, en 1955, redescubrió en España la cetrería a partir de tratados medievales. Pervivía en pueblos aislados, donde la práctica se transmitiera de generación en generación. Pero, ¿por qué había desaparecido? Según Tomas Moraña, los habitantes del medievo dejaron de interesarse por la cetrería cuando surgieron las primeras armas de fuego. Eran artilugios rústicos, lentos y primitivos, pero mucho más eficaces que cualquier pájaro. Los cetreros rebaten con este argumento el rechazo de ciertos sectores hacia el adiestramiento de aves de presa. «Los cetreros no cazamos por el número de capturas sino por la belleza del lance», explica Tomás mientras Sola -el azor con que irá de cacería-, permanece impertérrita con las garras hincadas en su manopla. Los azores son comparables en su ataque a aviones de caza. De cola larga y alas cortas, sortean con facilidad los obstáculos mientras vuelan pegados al suelo. Su vista y oído son de gran precisión y las posibilidades de que la presa salga indemne, mínimas. Por algo se les ha llamado «piratas de la espesura».