Los Otero Goyanes, que tienen pazo en Ribeira, le han puesto nereida a su heráldica. También, anteriormente, los señores fundadores del palacio Bermúdez, en Pobra, de lujoso renacentismo plateresco, colocaron sendas nereidas decorando un ventanal de la torre. Digo nereidas y no sirenas. Confundir ambas es corriente y ya lo advirtió en sus días el Padre Feijoo. La sirena tiene cuerpo de ave, la nereida de pez. Las sirenas cantaban tan bellamente, según Homero, que casi desnortaron las rutas marinas de Ulises embriagado de sus músicas. Los romanos, más tarde, le sacaron a las sirenas sus plumas y le endosaron cola y escamas de pez, con lo que la nereida se hizo sirena y así fue desde entonces, aunque uno conozca el mestizaje. Sabemos de las sirenas de la fuente de Samos, desnudas ante los monjes, y sabemos de miles de sirenas repartidas por las heráldicas gallegas como blasón de los Mariño, nacidos en Sálvora. Pero estas sirenas de Torre Bermúdez, que tienen cola femenina como las sirenas, pero son viriles y barbudas, sin senos, pueden tildarse de andróginas. ¡Bendito sea el Señor! Es lógico que uno pida al transeúnte que cruza el Cantón de la Leña de Pobra que detenga la mirada en estos dos medallones platerescos de Torre Bermúdez, palacio que fue de los antepasados paternos de Valle-Inclán y es ahora su museo. Así gozará de la gran belleza arquitectónica y podrá contemplar los andróginos, sirena-nereida, varón-hembra, que desde la altura del inmueble se ofrecen clamando su potente enigma. El autor del palacio dicen que fue Ontañón o uno de sus aventajados discípulos. Andan ahora aseando estas decoraciones. Plausible y responsable labor artesana. Porque cualquier desliz, un crimen. Y ya hubo bastantes en su historia.