La teja de los enamorados

A. G. V. RIBEIRA

BARBANZA

C. QUEIJEIRO

El tiempo no se alió con los que buscan pareja e impidió que los jóvenes ribeirenses pudieran disfrutar de la fiesta de San Alberto El tiempo no se alió esta vez con quienes buscan pareja y ahuyentó a los jóvenes ribeirenses, que tradicionalmente acuden en masa a la capilla de San Alberto para cumplir con la tradición de lanzar tres tejas a la repisa de una de las ventanas del templo con la esperanza de que esta acción constituya un amuleto en la búsqueda de su media naranja. Ayer, los más aventureros se colocaron la mochila a la espalda e iniciaron a pie el camino de ascenso a la ermita. Sin embargo, después de la misa solemne de la una, en el entorno sólo quedaban cuatro intrépidos calados hasta los huesos, y vendedores de rosquillas recogiendo.

23 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

El viento y la lluvia deslucieron la celebración de San Alberto. Pese a todo hubo quien no se resignó a dejar pasar un año sin lanzar las tres tejas de rigor a la repisa de la ventana. Eso sí, el agua empapó su ropa. La alusión a esta tradición estuvo presente en muchas conversaciones. En calles y establecimientos comerciales podía oírse a vecinos comentar, en tono de broma, que iban a volver a tentar a la suerte para ver si cambiaban de pareja. En la ermita se celebraron tres misas por la mañana y una por la tarde. La solemne estuvo amenizada, como ya es costumbre, por la banda de música de Caamaño. No hubo la animación de otras ocasiones, y eso que antes de la celebración se habían efectuado en la capilla y alrededores las reformas oportunas, sufragadas por la empresa conservera Frinsa. Mejoras en la ermita Al parecer, y según comentó el párroco, Cesáreo Canaval, la instalación eléctrica del exterior estaba prácticamente destrozada y de la cubierta se habían sacado numerosas tejas. El cura aprovechó ayer la ocasión para recomendar, especialmente a los jóvenes, que respeten el patrimonio público. También se adecuaron los caminos de acceso a la capilla de San Alberto, que estaban llenos de barro y eran prácticamente intransitables. A los vendedores de rosquillas tampoco les resultó muy rentable su desplazamiento a la capital barbanzana. No tenían clientes y, por si fuese poco, tuvieron que luchar contra un viento empeñado en arrebatarles el plástico que les resguardaba de la incesante lluvia. Poco después de mediodía empezaron a recoger sus bártulos y a desmontar las estructuras metálicas de sus puestos de venta, conscientes de que no iban a tener oportunidad de desprenderse de sus dulces productos y sí de pillar un resfriado primaveral.