Una familia boirense se dedica desde hace trece años a la comercialización de lombrices para cebo Los efectos del temporal han dejado una huella imborrable sobre los trabajadores de carnaza para cebo, un negocio que aunque no siempre reporta sabrosos beneficios, es el medio de vida de algunos habitantes de la comarca. Es el caso de una familia de Boiro que, desde hace más de trece años, vive dedicada a la extracción del gusano arenoso, aunque que en la actualidad, esta lombriz de mar no goza de su mejor momento. Y es que la escasa salinidad que tienen las aguas de la ría se está llevando por delante a estos poliquetos que acostumbran a vivir a unos veinte centímetros de profundidad.
11 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.María José Fernández, alma máter de este negocio familiar, mira al pasado con remordimiento. Ella y su hijo, Luis Posada, recuerdan con tristeza aquellos tiempos en los que, a pesar de la dureza de las jornadas, el trabajo les dejaba como recompensa unos beneficios para salir adelante. Esta pequeña empresa, que envía diariamente miñocas y miñocones a gran parte de la zona norte de España, abre sus puertas diariamente nada más caer el alba. Tras la extracción de las lombrices, en aquellas playas donde las diferentes cofradías lo autorizan, comienza un delicado y largo proceso de preparación de la mercancía. Una vez en casa, dos horas después de la captura, se depositan en grandes cubetas donde se procede a su oxigenación, por medio de una bomba de agua y durante sesenta minutos aproximadamente. A continuación se efectúa una primera selección -si hay una muerta perecerán todas-, y se colocan en unas cajas especiales de cartón, atendiendo a un orden de 150 a doscientos ejemplares por cada envase. Antes de pasar a mejor vida, y a una temperatura que no debe superar los nueve grados centígrados ni bajar de los siete, la mercancía se deposita en unas neveras especiales. Clase preferente La preparación se paraliza hasta las cinco de la madrugada, hora en la que se vuelve a revisar todo el material introduciéndolo, posteriormente, en cajas de poliespán, bien recubiertas de algas -las cuales tampoco se libran de pasar por un riguroso control. Una hora más tarde, y sin perder ni un minuto de tiempo, la mercancía sale rumbo a Santiago de Compostela. Hasta hace poco, y debido a la demanda, los poliquetos viajaban desde Boiro al aeropuerto de Lavacolla, punto de partida hacia el País Vasco, Santander o Asturias. Además, eran necesarios un mínimo de dos viajes diarios a Santiago para transportar todos los pedidos. En la actualidad, lo hacen en autocar, aunque, a causa del mal tiempo, la actividad extractiva se encuentra prácticamente paralizada.