El cielo que desconcertó a Ícaro

Rosa Estévez
rosa estévez VILAGARCÍA / LA VOZ

O GROVE

Desde lo alto de Lobeira, el universo Arousa se extiende hacia el infinito, entre los verdes del valle de O Salnés y la exuberante belleza de la ría.
Desde lo alto de Lobeira, el universo Arousa se extiende hacia el infinito, entre los verdes del valle de O Salnés y la exuberante belleza de la ría. mónica irago< / span>

La puesta de sol desde el mirador de Lobeira

30 ago 2015 . Actualizado a las 08:42 h.

donde el sol se acuesta el mirador de lobeira

Para llegar a la cruz de Lobeira hay que seguir, justamente, el camino contrario al que eligió Dante. Hay que subir y seguir subiendo, trepando entre una sucesión de balcones que se asoman sobre un paisaje cambiante. Aquí, un cóctel de verdes; allí, el brillo de la ría embridado por la sinuosa línea de la costa. Aquí, de nuevo, los montes y los campos de albariño. Allí, las islas que surgen del agua, y el agua misma, tan lejana, tan silenciosa, tan inmensa. Durante la subida, las imágenes van preparándonos para lo que nos espera arriba: el universo arousano expandiéndose hasta el infinito ante nuestros ojos.

Sobre nuestras cabezas, el cielo mira con cara de pocos amigos. En este final de agosto se ha puesto gris, endiabladamente gris. En realidad, es un color adecuado para ver el mundo desde Lobeira. A fin de cuentas, estamos en territorio medieval, quién sabe si sobre las cenizas del castillo de la reina Lupa. Y la épica de la Edad Media está llena de grises y de negros, de humedades y de hierro. Así que, envolvámonos en una capa, protejámonos del viento y miremos fijamente al horizonte. Nosotros no buscamos el pendón de los ejércitos enemigos, sino que taladramos las nubes persiguiendo el lugar en el que el sol se hará la cama esta noche.

No es una tarea fácil. El cielo envía nubes y brumas para impedirnos ver el espectáculo. El sol, que se ha tomado esto como un juego, asoma de vez en cuando. Giremos hacia donde giremos la cabeza, encontraremos un haz de rayos temblando sobre una montaña lejana, sobre la península de O Grove -no hay península más bella, dice la canción-, sobre el contorno de Sálvora. Si Ícaro desplegase sus alas desde Lobeira no sabría hacia donde dirigir sus anhelos de llegar hasta el astro rey. Eso sí, no podría encontrar un lugar mejor para su aventura: cuando el calor derritiese la cera de sus alas, caería en uno de los mares más hermosos del planeta. El mar de A Arousa. El mar de las dos mil bateas. El protegido de la fenomenal sierra de O Barbanza. El bendecido, al menos hasta no hace mucho tiempo, con el don de multiplicar los peces y los mariscos.

Una sombra anaranjada se filtra, casi por sorpresa, entre las nubes. Es la señal de que la noche está cerca. A medida que esa mancha gana intensidad sobre el corazón de la ría, un ligero barniz de oscuridad comienza a envolver Lobeira. Se acerca la noche, la hora de las parejas furtivas que, cuentan, acuden al monte para poner en práctica el amor que se han jurado. Por lo menos, no son de las que dejan tras de sí, como muestra de su cariño, esos horrendos candados que, por culpa de las novelas de Federico Moccia, se han extendido como la peste desde un puente de Roma a cualquier rincón del mundo.

En Lobeira solo hay uno de esos candados del amor más repipi. Este no es sitio para horteradas: desde aquí vemos que el mundo es demasiado grande, o quizás nosotros seamos demasiado pequeños, o qué sé yo. Lo único que tengo claro es que esa nube alargada y negra que cruza el horizonte empujada por el viento, trae consigo el verso de una vieja canción. «El final, del verano, llegó».