Cualquiera trae a la «Panorama»

Las fiestas del rural tendrán que recurrir a los acordeonistas si arrecian las dificultades


redacción / la voz

Me gustaban las fiestas de A Torre. Tenían un no sé qué de fin de temporada, un toque melancólico, otoñal, con un punto de tristeza porque en aquellas verbenas estabas diciendo adiós definitivamente al verano y te disponías a encerrarte en casa y a recuperar los inviernos de lectura, trabajo y tele. Entonces, en Vilagarcía no había una agenda de actos culturales tan nutrida como la de ahora y pasadas las fiestas de A Torre y las de Vilaxoán, había que viajar a Vigo, Santiago o Pontevedra si querías entretener los fines de semana con teatro, música o compras.

El encanto de las verbenas de A Torre provenía de la tradición y de un carácter de fiesta de aldea que te reconciliaba con la tradición y la infancia. Eran unas verbenas imposibles en la plaza del lugar: el acceso de los camiones de las orquestas era complicado y los escenarios se colocaban con mucho arte, mucho cuidado y mucha dificultad, pero se cumplía así ese rito del universo gallego de las verbenas que consiste en que en los lugares más inverosímiles puede tocar una orquesta.

Todo esto se sustanciaba en ese cóctel de broche otoñal, fiesta mayor y recuperación de las costumbres ancestrales que eran las fiestas de A Torre. Pero este año no ha habido verbena y el dato, que podría ser anecdótico porque no es la primera vez, se convierte en categoría: ¿Será el síntoma de un cambio de época, de hábito, de estilo?

Galicia es uno de los pocos lugares de España donde las fiestas populares de las parroquias se siguen organizando con el método de puerta fría, o sea, se basan en el mismo ritual que siguen esos vendedores de descuentos en la factura de la luz o de seguros de defunción que llaman a nuestra puerta en el momento más inesperado. Como si testigos de Jehová se tratara, de pronto suena el timbre y te encuentras a tres señoras arregladas y sonrientes, que llevan una libreta y una cartera, que te saludan amablemente y te piden una colaboración para las fiestas de la parroquia.

Esos hombres y esas mujeres incansables que son capaces de hacerse cargo de las comisiones de fiestas son admirables. Hay que tener ganas y amor al lugar donde nacieron o donde viven para patearse cada calle y cada corredoira, acercarse a las casas más aisladas y pasar en todos los domicilios el mismo trago de pedir dinero, de ver cómo les cierran la puerta en las narices, de sentir que se asoman por la mirilla y no abren.

De casa en casa

No es de extrañar que las seis mujeres que organizan las fiestas del Carmen y del Rosario de Vilaxoán se las vean y se las deseen para recaudar dinero y confeccionar un programa digno. No solo van de casa en casa, sino que han de hacer sorteos porque el presupuesto no llega y procurar que el bar de la fiesta, el popular bochinche, sea atractivo para que la recaudación no flojee.

En Carril, los organizadores de San Fidel ya han anunciado que se retiran. En la veintena de fiestas de las parroquias vilagarcianas, las comisiones manifiestan su cansancio y el futuro que viene no invita al optimismo, sino a pensar que estamos ante un cambio de ciclo, también ante un nuevo escenario económico pues estas fiestas podían mover solo en Vilagarcía más de medio millón de euros cada año y ese dinero revitalizaba en verano la economía rural. Ahora se gastará en la ciudad, en los festivales, lejos...

Lo que ha sucedido este año en A Torre y lo que puede suceder el año que viene en Carril con San Fidel ya pasó en Vilagarcía hace un cuarto de siglo. En la ciudad, las fiestas de 1994 y 1995 marcaron la transición del modo comisión popular de festejos al modo concejalía municipal de festejos, es decir, del modelo rural al urbano. En el 94, aún hubo nueve verbenas y se editó el tradicional libro-programa de toda la vida, que en 1995 proporcionó a la organización de las fiestas de San Roque dos millones de pesetas gracias a 300 anuncios publicitarios.

Pero tras el 95, se acabó el recorrido de voluntarias incansables pidiendo dinero de casa en casa por Vilagarcía, una labor que ese año recaudó otros dos millones. Esa década, la concejalía de Cultura y Festejos se hizo cargo de las fiestas y hasta ahora.

La puntilla

Para darle la puntilla a estas comisiones populares, ha llegado Hacienda. Este verano, eran frecuentes las cartas al director de La Voz en las que los lectores se quejaban de que Hacienda había empezado a controlar a las comisiones, es decir, a exigir tributos por las rifas y también si en los bares de los campos de la fiesta se recaudaban más de 2.000 euros.

Ante este panorama, cualquiera trae a la «Panorama». El chiste fácil resume la realidad. Es evidente que los ayuntamientos no se pueden gastar medio millón de euros en los programas de las fiestas de la periferia rural, pero también es verdad que un otoño sin verbenas en un lugar como A Torre ni es otoño ni es nada. O cambia la situación o las parroquias festejarán a su patrón como hace cien años: misa, procesión, comida familiar y un acordeonista. Melancolía en vena.

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