Ya están aquí los huracanes

El Hortensia cambió la manera de explicar la meteorología y la convirtió en espectáculo


redacción / la voz

Cuando llegó el Hortensia a Vilagarcía, no estaba de moda avisar de los huracanes. Es más, lo llamaron temporal y solo nos dijeron que llovería mucho y que tal vez soplara el viento con fuerza. No se estilaban en ese tiempo las alertas de colores. Tampoco se explicaba con tanta claridad y pedagogía la meteorología.

Hace 30 años, los hombres del tiempo parecían los brujos de la tribu. Eran depositarios de un saber misterioso y críptico. Cuando salía Mariano Medina en la tele en blanco y negro, con su mapa de isobaras detrás, todos callábamos porque sabíamos que nuestros padres atendían a aquel hombre con veneración sagrada. Entonces, la meteorología se explicaba con tono científico, más con borrascas, presiones, milibares y anticiclones que con mapas coloreados llenos de señales que simbolizaban la lluvia, el sol, la tormenta y la nubosidad variable. Eso llegó después.

Después de Mariano Medina y de su hermano Fernando, apareció Eugenio Martín, que saltó a la fama porque prometió que si erraba una predicción, se afeitaría el bigote. Efectivamente, se equivocó y efectivamente, se afeitó. Aquel bigote rasurado convirtió a Eugenio Martín en el primer hombre del tiempo mediático. Tras él, llegaron los meteorólogos atrayentes y los mapas fáciles de interpretar, que acabaron con la gracia de la meteorología como ciencia y la convirtieron en entretenimiento.

Y como el entretenimiento es, ante todo, emoción y pasión, los programas de meteorología apostaron por la catástrofe. Asistimos, en fin, al tiempo dramatizado. Los meteorólogos de la tele son los nuevos profetas de la desolación, que solo tienen seguidores si pronostican alertas rojas, olas de calor o frío, tempestades y huracanes con nombre propio, récords de asfixia o congelación, inundaciones inminentes y sequías pertinaces. Aunque de todas las novedades extremas de la meteorología, la que más me gusta es la ciclogénesis.

El Hortensia llegó a Vilagarcía un fin de semana y nadie nos había avisado de lo que de verdad se avecinaba. Servidor vivía en la avenida de La Marina, en un cuarto piso abierto al mar y lo que pasé aquel domingo no lo he vuelto a ver nunca. El viento soplaba con tanta fuerza que las cristaleras del balcón amenazaban con reventar. Se veían olas saltando la carretera del muelle, entre la Junta del Puerto y el Club de Regatas. Las rachas huracanadas derribaron árboles históricos del parque de Compostela y la ciudad, en fin, vivió un domingo de terror que nunca olvidaré.

Aquel temporal, al que nadie se atrevió a llamar ciclón ni huracán, aunque algo tenía de ambos, fue el primero que recuerdo con nombre propio. Después de él, todo fue diferente. Empezaron las alertas de colores y los avisos tremendistas y se puso de moda suspender las clases en cuanto se avistaba una inclemencia. Se pasaban de prudentes y de pronto estábamos un día sin cole por culpa de un par de chaparrones.

El Hortensia cambió la forma de producir los espacios televisivos meteorológicos. Los estrategas de la pantalla decidieron que el tiempo del día siguiente había que anunciarlo como si fuera el tráiler de una película de catástrofes coprotagonizada por el huracán Lorenzo y el ciclón Brais con la ciclogénesis explosiva Iria en el papel estelar.

A los lectores y a los espectadores les gusta leer y ver el tiempo porque saben que eso, la meteorología, les va a pasar. Puede ser que lo que decidan Trump, Sánchez y Macron les pase dentro de unos meses, pero el tiempo va a suceder mañana y lo van a disfrutar o a padecer sí o sí. La meteorología en prensa es sucinta, rigurosa, contenida y didáctica. Da gusto leerla como pueden comprobar en la página que precede a esta en La Voz. Pero el tiempo de la tele no es ni lo que sentimos ni lo que nos va a pasar, sino lo que dice el hombre del tiempo que debemos sentir y nos tiene que pasar.

El tiempo meteorológico en televisión ya no se explica, se inculca. Los programas se escoran no hacia el lado de la información, sino hacia el espectáculo y la opinión. Se trata, en fin, de una cara más de los nuevos formatos televisivos, más opinativos que informativos. Las sociedades más educadas son las que leen más periódicos y demandan más información; las menos educadas quieren opinión y son, por tanto, más manipulables emocionalmente. Con una buena educación, también meteorológica, nos bastaría con un mapa de isobaras, anticiclones, borrascas y presiones. La mala educación produce espectadores esperando que les digan cómo tienen que pensar, ávidos de espectáculo, no de información. Y para que no cambiemos de cadena, en vez de a Mariano Medina y sus altas presiones, nos presentan a modernos locutores-actores dramatizando trágicos chaparrones, vientos inhumanos y un aparato eléctrico bestial e implacable.

El Hortensia nos cogió por sorpresa. Ahora nos avisan de la llegada del Lorenzo (2019), del Katrina (2005), del Irma (2017)... Pero no es lo mismo. Al inesperado Hortensia le tengo cariño. Al día siguiente, cuando la calma sucedió a la tempestad, me acerqué a por un paquete a Correos y el señor que me atendió me dio el nombre de esta sección: «¡Menudo día pasaría usted ayer con el Hortensia, viviendo como vive en El Callejón del Viento!».

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