Las elecciones no se ganan en A Baldosa

Los candidatos han de estar en las redes sociales, pero no deberían descuidar los entierros


redacción / la voz

Seso Giráldez aseguraba que las elecciones municipales no se ganaban en A Baldosa, sino en los entierros. Pero los candidatos socialistas preferían no hacerle demasiado caso porque, reconozcámoslo, es mucho más divertido tomarse unos vinos en A Baldosa que pasar la tarde dando el pésame.

La visibilidad es un dogma de fe en cualquier elección municipal que se precie. «Que nos vean», es la consigna, los candidatos la siguen a pies juntillas y desde un mes antes de la cita electoral, menos en su casa, se les ve en cualquier sitio.

Solo hay un caso de candidato invisible: Manuel Rodríguez Cuervo, que cuando presentó su propia candidatura independiente en 1991, estaba desaparecido, aunque se sabía que no paraba de hacer campaña. Cuervo, que era tan listo como Seso Giráldez y Rivera Mallo juntos, hacía una campaña doméstica y familiar: en lugar de grandes mítines, iba casa por casa, visitando a las familias, charlando en las mesas camilla, convenciendo sin necesidad de megáfonos ni griterío.

En 1987, hubo también muchas candidaturas en Vilagarcía y fue la campaña en la que la radio y la prensa tuvieron una importancia como no se había conocido hasta entonces. Era la primera campaña con edición propia de La Voz de Galicia en Arousa y era también la primera con Radio Arousa convertida en referencia radiofónica. La conjunción de dos pesos pesados como Julio Fariñas y Felipe Suárez dirigiendo La Voz de Arousa-La Voz de Galicia y Radio Arousa fue algo parecido a la trascendencia electoral de las redes sociales de hoy.

Los candidatos acudían a Radio Arousa para someterse a las preguntas de los ciudadanos y los socialistas prepararon una trampa para demostrar que Rivera Mallo no conocía a fondo la ciudad. Así que cuando estaba al micrófono, llamaron por teléfono y le preguntaron que si asfaltaría el Camiño do Carro de Carril. Rivera, a quien apodaban Sisí porque no negaba nada y lo afirmaba todo, respondió que sí, que sí, que claro que asfaltaría ese Camiño do Carro de Carril, desconociendo que en Carril se conocía así el camino que iba por el mar a los viveros y a Cortegada.

En realidad, Rivera no decía a todo que sí, empleaba una expresión más prudente si le pedías un favor: «Si está en mi mano». Ahora, con la irrupción de Rivera el de Ciudadanos, hay muchos que en Vilagarcía se asustan cuando leen que Rivera ataca al PP o a Vox hasta que caen en la cuenta de que no es nuestro Rivera, sino el otro, el de Madrid.

Por cierto, ¿a quién votarán Rivera Mallo y su gente y a quién votaron en las generales? He ahí una incógnita electoral que deberíamos desvelar en los próximos días. En los primeros Callejones del Viento que escribí, le daba mucha caña a Rivera, pero luego acabé cogiéndole cariño, admirando su constancia y su inteligencia política por encima de su ideología. Cuando me fui de Vilagarcía, su madre me regaló un cubre toallas de ganchillo, una prenda de lencería del hogar que nunca había visto, pero que guardo como si fuera una reliquia, recuerdo surrealista y tierno de aquellos años de camiños do carro, entierros electorales, mítines de taberna y Baldosa Vice.

A Baldosa, efectivamente, siempre ha sido un vicio para los políticos. Si hay un lugar para presumir, sentirse querido, recibir palmadas en la espalda y sentirse importante, nada como A Baldosa. «Vamos a tomar unos vinos a A Baldosa, que nos vean un poco», se autoconvencen los aspirantes bisoños y allí se van a invitar a cañas y a recibir abrazos de Judas de votantes que jamás los elegirán, pero en A Baldosa, a las tres de la tarde y con unos albariños de por medio, todos somos de todo.

Las elecciones se ganan y se ganaban en las visitas casa por casa, llamando a las puertas, una por una, charlando, entregando la papeleta, prometiendo farolas y contenedores, aunque a veces te llevaras la sorpresa de que llamabas y te salían a abrir Seso, Rivera o Cuervo, que llevaban allí media tarde merendando viño do país con zorza. Y en aquellos mítines sin tapujos, directos, en los que el doctor Tourón pedía el voto sin ambages y recordaba a los vecinos que no podían ir a pedirle favores a la consulta y luego votar a los socialistas. Le escuché decir eso en el mismo acto en que se descubrió que el doctor Culebras, insigne comunista, apoyaba a Rivera.

El año del Camiño do Carro (1987), Rivera Mallo arrasó en las urnas. El año del trasvase de Culebras (1991) fue cuando Cuervo hizo la campaña más misteriosa de la historia de Vilagarcía (los periodistas lo buscábamos por tabernas y corredoiras y no fuimos capaces de encontrarlo en toda la campaña) y sus concejales le dieron la alcaldía a Javier Gago.

Supongo que a María de la O, Andrea y Lucas, los jóvenes candidatos de Marea da Vila, todo esto de hacer campaña en A Baldosa o en los funerales les sonará a carrocería política, a «vella política», pero no deberían descuidar los entierros. En la campaña del año 87, los socialistas de Vilagarcía se rebelaron contra Giráldez, no fueron a ninguno y se llevaron el batacazo más grande de su historia.

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