Cuando el feminismo era comer fruta

José Ramón Alonso de la Torre
J.R. Alonso de la torre REDACCIÓN / LA VOZ

AROUSA

MARTINA MISER

Teresa Cuiña leyó el manifiesto del 8M tras una vida de lucha por dignificar a la mujer

17 mar 2019 . Actualizado a las 19:48 h.

Pilar García fue presidenta de la Asociación de Mulleres Rurais de Guillán. Hace una semana, presentó en el salón noble de Ravella a Teresa Cuiña, que leyó el manifiesto del 8M. Al referirse a ella, resumió su labor en una frase tan sencilla como didáctica, una frase que todo el mundo entendió y resumía lo que significó Teresa para las mujeres de O Salnés en los tiempos difíciles, cuando el feminismo era una entelequia y los problemas de las mujeres eran muy básicos. Pilar le dijo desde el estrado a Teresa: «Tú nos enseñaste a ser independientes, a saber que podíamos ir a tomar un café solas al bar».

Efectivamente, Teresa Cuiña fue una de las personas que más han hecho por las mujeres de O Salnés. Trabajaba con las Mulleres Rurais, impulsando, hace de esto 25 años, un movimiento pionero formado por 15 asociaciones y más de mil mujeres, solo en el área de Vilagarcía.

Lo de ir solas al bar tardó en llegar. Antes, Teresa tuvo que pelear desde su trabajo en Extensión Agraria para que las mujeres, simplemente, se atrevieran a salir de casa. Contaba que su estrategia era organizar cursos muy prácticos de congelación de alimentos, de conservas vegetales, de artesanía, etcétera. Como las mujeres entendían que se trataba de cursos útiles, se apuntaban y dejaban un hogar donde, al casarse, se habían encerrado, dejando a un lado a las amigas y aislándose por culpa de la tele, del coche y hasta de la lavadora, que había acabado con las tertulias del lavadero.

Estos cursos serían vistos hoy como la perpetuación de los roles de siempre: la mujer, a la cocina. Sin embargo, eran la única estrategia que funcionaba, el primer peldaño hacia la emancipación. Teresa explicaba que, una vez dado ese paso, se organizaban otros cursos más personales y complejos que las atañían directamente por su condición de mujeres. El caso era sacar a la mujer de casa. «Cuesta, pero hay una ventaja, cuando salen, ya no vuelven a meterse en casa jamás», detallaba su experiencia.

María Teresa Cuiña Vence nació en Silleda. Estudió en las filipenses vilagarcianas y en las doroteas de Pontevedra. Hizo un curso en Madrid sobre Desarrollo Rural y en 1969 sacó unas oposiciones al servicio de Extensión Agraria. Hasta 1971, estuvo destinada en Xinzo de Limia y ese año consigue el traslado a Vilagarcía, donde su abuela y sus tres tías habían instalado un negocio por San Roque y donde se casa con Ángel Medeiros, un marino mercante pontevedrés nacido en Jaén. En la agencia vilagarciana de Extensión Agraria, se responsabilizó de los temas de familia y se centró en la promoción de la mujer rural en un área muy extensa cuyos límites estaban marcados por los concellos de Catoira, Cuntis, Moraña, Campolameiro y Poio. Todo el territorio entre estos municipios y la costa era el campo de acción «feminista» de Teresa Cuiña.

En realidad, ella no sabía que estaba haciendo un feminismo precario, o sea, dignificando a las mujeres y preparándolas para la batalla final de la equiparación y la igualdad. Simplemente, hacía su trabajo. En 1969, en A Limia, sus preocupaciones eran tan básicas como conseguir que las amas de casa y sus familias comieran frutas y verduras para no padecer enfermedades por exceso de grasas y avitaminosis o convencerlas de la necesidad de instalar cuartos de baño en las viviendas. Cuando llegó a Vilagarcía en 1971, se encontró con un problema más grave: había un alto grado de consumo de alcohol entre los niños. Sus padres se lo daban para desayunar en vez de leche. Tras una fuerte campaña, este problema quedó erradicado en la primera década de los 80.

Superados los problemas alimenticios, hubo que dedicarse a otras labores también básicas como que las mujeres rurales trabajaban en el campo con sus maridos, pero ellos solo pagaban su Seguridad Social, por lo que las mujeres no cotizaban y no tenían derecho a pensión. Ahí tuvo que emplearse también a fondo esta mujer pionera en la lucha feminista.

En el acto de hace una semana, se dijo de Teresa que puso los cimientos de la emancipación de las mujeres arousanas sin grandes proclamas, yendo al día a día, a los detalles. Efectivamente, su labor era constante, sin desalientos, con sutileza, gota a gota y con paciencia hasta ver unos frutos que ahora parecen lógicos y habituales, pero que hace 25 años eran casi un milagro.

Un ejemplo: Teresa Cuiña llevó a cabo una ardua campaña para mentalizar a las mujeres rurales de que debían participar en el diseño de sus casas especificando cómo querían la cocina, la altura de los muebles, dónde colocar el frigorífico. Batallaba contra la manía de, como ella decía, «construir palacetes para gente que no hace vida palaciega». Casas en las que había que descalzarse al volver del campo o de la batea para no manchar el suelo o con dos cocinas: una lujosa para enseñar y otra vieja para guisar instalada en un viejo galpón exterior.

Teresa dio primero la batalla de la calidad de vida, luego vinieron las batallas más feministas por la igualdad de género y ahora contempla la situación, ya jubilada, con la satisfacción de haber llevado adelante la verdadera revolución: hacer bien su trabajo.

Intentó acabar con los desayunos infantiles

con alcohol en

vez de leche

Quiso erradicar lo de construir casas con una cocina para enseñar y otra para guisar