El músico asturiano actúa mañana, a las doce del mediodía, en Barrantes en la Festa da Diversidade
29 jun 2018 . Actualizado a las 05:00 h.«Rodrigo, ¿cómo te defino?», le pregunto al iniciar la charla. No es cuestión menor. Dejarlo en músico sería una demasiado injusta simplificación. Aludir al showman también es errar la dirección. Citarlo como icono gay redundaría en el tópico. «Agitador folclórico», me sugiere.
-¿A eso es a lo que ahora te dedicas?
-Totalmente. Bueno... a eso y a otras cosas. Del folclore tomo pinceladas porque es un género muy duro. Es como el hardcore o el jazz. Pero según se te va haciendo el oído vas descubriendo en él toda la esencia de la humanidad.
-¿Hay algo más transgresor que el folclore tradicional?
-Desde luego que no. Como tuvo que sobrevivir a muchas represiones aprendió a expresar los sentimientos del pueblo con una ironía tan elegante que resulta imposible de condenar. Yo prefiero eso al panfleto o al enfrentamiento. A la hora de formar a la sociedad prefiero hacerlo desde la creatividad y la alegría, que es lo que hace el folclore.
-Dices que en tu espectáculo tratas de discernir lo importante de lo banal. ¿Qué es para ti lo banal, lo prescindible?
-Toda esa gente que me llama para ir a una presentación. Todo ese rollo de las fotos, del Instagram. La mitomanía, el ego, la fama...
-Pero tú ahora eres famoso.
-Por eso te lo digo. La fama es la cosa más banal y absurda que me he encontrado en la vida. Te quita muchísima libertad.
-En alguna ocasión has confesado que la época que viviste en una aldea de Pontevedra, con tu burro y tus gallinas, fue la más feliz de tu vida.
-Jolín, sí. Fue maravillosa. Yo no soy nada urbano, soy rural. Y cada vez que voy a Galicia siento que el aire que se respira es diferente. Incluso el agua corre de distinta manera.
-Gustas a la vecina del quinto, enamoras al hipster y angelizas al drag queen. ¿Cómo se consigue eso?
-Siendo normal y escapando de la brecha generacional. Yendo por la vida con el corazón y la mente abiertos. Como cuando vas de viaje y estás abierto a recibirlo todo.
-¿No es eso muy arriesgado?
-Pero es que si no la vida no tiene sentido. Cuando llegase el momento de la muerte tendrías miedo pero no por la muerte sino por no haber vivido.
-¿Te sientes más cerca del cabaré o del underground?
-El underground siempre está ahí pero ahora como soy mainstream no se reconoce (se ríe). Así que digamos que del cabaré.
-¿Te consideras un provocador?
-No demasiado. Yo soy más bien complaciente. Al final siempre le doy al público lo que me está pidiendo. Es como una comunión. Jamás me enfrentaría al público.
-Durante años se te asoció con Freddie Mercury y ahora has grabado dos temas de Tino Casal. ¿De cuál te sientes más cerca?
-De ninguno. No soy nada mitómano. Nunca tuve un póster en mi habitación. Me siento igual de cerca de ellos que de Rosa de Moscoso, que me enseñó unas jotas. Pueden que sean referentes, pero nunca mitos.
-Te sigues poniendo, como dice el título de tu espectáculo, «el mundo por montera»?
-Por lo menos sigo intentándolo, luchando contra los condicionamientos que me impone la fama. De momento aquí estoy y me dejaré la piel en intentar ser todo lo fiel a mí mismo que pueda. Ese es mi gran empeño.