Algunas leguas de viaje submarino

MANUEL BLANCO texto VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

Un periodista de La Voz recibe su bautismo de mar para conocer los fondos de una ría tan exuberante para la pesca o el marisqueo como para la práctica del buceo

01 dic 2013 . Actualizado a las 06:56 h.

Son las nueve y media de la mañana del martes en el puerto deportivo de Vilagarcía. Luce un sol radiante. De esos que invitan a convertir en especial un día cualquiera. Para conseguirlo, nos hemos propuesto descubrir qué hay bajo el mar de Arousa, esas aguas tan cotidianas como misteriosas para aquellos que medramos acunados por sus olas. El club de buceo Náutica Medusa es el cicerone perfecto en esta aventura. Ángel Romero, el instructor, que se encargará de enseñar a dos profanos vilagarcianos los secretos del buceo con botella en unos fondos que nada tienen que envidiar a los de otras latitudes. Es lo que en el argot se conoce como un bautismo de mar.

El viaje arranca en la sede del club en el puerto vilagarciano. Lo primero, seleccionar los equipos: traje, botella, chaleco, plomos, aletas... Nada ver con esas experiencias playeras con gafas y tubo. A continuación, se suscriben los seguros de rigor y comienza el embarque del material en la lancha neumática de Medusa que nos llevará a la zona de inmersión.

A eso de las diez y media, partimos. Ángel pone rumbo al islote Xidoiros, en pleno corazón arousano. Navegamos entre decenas de pequeñas embarcaciones que se dedican a la captura de volandeira y bateeiros que empiezan a ver la luz tras la debacle de la marea roja. La actividad en el agua es febril. La ría es un pulmón económico, una inmensa fuente de riqueza que deberíamos mimar.

Al cabo de veinte minutos, arribamos al islote. Las emociones se disparan a medida que los dos neófitos buceadores nos pertrechamos con los equipos. Ángel lo supervisa todo y ordena tajante: «Ante todo, mucha calma». Tiene razón, con el paso de los minutos nos daremos cuenta de que la condición indispensable para disfrutar de esta actividad es la tranquilidad. Como casi todo en la vida, ¿no? A bordo de la lancha se quedará Mónica Irago, fotógrafa, la testigo que dará cuenta del momento, ansiosa por acompañarnos pero impedida por una inoportuna infección respiratoria.

La primera instrucción que recibimos es arrojarnos al mar y nadar hacia la orilla agarrados al chaleco y la botella. Misión cumplida. Una vez allí, Ángel nos enseña las técnicas básicas que todo buceador debe conoce: cómo respirar y mantenerse a flote, cómo vaciar el agua de las gafas en caso de una filtración... Tareas que serán de gran utilidad a la hora de la verdad.

Arranca la travesía submarina. En esos instantes iniciales, me asalta una sensación de angustia, quizás la derivada de manejarme en un medio que nos es ajeno a los seres humanos. Al cabo de unos minutos en el fondo, a unos seis metros de profundidad, la sensación de inquietud ha desaparecido por completo y ha dado paso a una euforia contenida. A un deseo de ver, de flotar, de disfrutar de la experiencia... Ángel no nos quita ojo. Permanecemos a apenas unos centímetros de su estampa. Es algo así como un guardaespaldas submarino.

En Xidoiros, es la peripecia de bucear lo que dispara nuestras emociones. Un par de maragotas de mediano tamaño y un pequeño bosque de algas nos parecen en esos instantes momentos cumbres del submarinismo... Tendemos a la hipérbole. Lógico, al fin y al cabo, es nuestro bautismo de mar. Solo un rato después, descubriremos que estamos equivocados y que ahí abajo, existe un mundo por descubrir.

Media hora después del inicio, volvemos a la lancha con ganas de más, ciertamente excitados y agitados por la aventura submarina. Ángel nos propone cerrar la jornada con una pequeña inmersión en la isla de Rúa, una de las visitas imprescindibles para los amantes de esta disciplina en la ría de Arousa. Manuel Barreiro, Yaco para sus amigos, el compañero de fatigas del periodista, sonríe con cara de más. Allá vamos, por descontado.

Un cuarto de hora después, estamos de nuevo en el agua. Previamente, el instructor de Náutica Medusa nos insiste de nuevo con los consejos oportunos. Que se resumen básicamente en uno: «Que no nos separemos en ningún momento de él». Descendemos a ocho metros de profundidad ayudados por el cabo que sujeta el ancla de la lancha y en esa pausada caída ya percibimos que Rúa nos dará más. Mucho más.

Una espectacular doncella de varios kilos acude a darnos la bienvenida junto a un precioso erizo violeta. El contraste de luces y las cuevas que rodean la isla embargan. La sorpresa llega en una pequeña gruta emplazada en el fondo. Ángel nos pone en alerta. En su interior habita un pulpo, fascinante animal, sin duda. Ya sea en el agua o en una olla de cobre. Soporta a los intrusos durante unos segundos hasta que se cansa y sale disparado de su escondrijo. En su huida, nos deja un recado en forma de tinta. ¿Será su particular forma de decirnos adiós?

Ha pasado un cuarto de hora y llega la hora de salir a flote. Esa segunda inmersión ha sabido a poco, aunque todavía queda un último regalo. En el ascenso, a medio camino de la superficie, nos detenemos para eliminar el nitrógeno acumulado y allí, suspendido en el agua, miro a la superficie completamente extasiado. Para todos aquellos que soñamos alguna vez con ser astronautas, supongo que esa sensación de ingravidez, de paz absoluta y silencio sepulcral, debe ser lo más parecido a flotar en el espacio que vamos a vivir. Solo por esos segundos, nuestra aventura submarina ya ha valido la pena.

De vuelta en la superficie, nuestras caras de emoción lo dicen todo. Los dos queremos continuar. Ángel lo sabe y nos emplaza para otra ocasión. Nos hemos quedado con ganas de más. Como ocurre con todas las cosas buenas de la vida. ¿Verdad?