Vilagarcía y su búsqueda del mar

María Santalla VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

A Mariña en una imagen antigua extraída del libro de Manuel Villaronga «A Vilagarcía das vellas postais».
A Mariña en una imagen antigua extraída del libro de Manuel Villaronga «A Vilagarcía das vellas postais».

A Mariña ejemplifica a la perfección la contradictoria relación de la capital arousana con su litoral

28 jul 2013 . Actualizado a las 06:52 h.

Además de ser, todavía hoy, una de las calles más agradables de Vilagarcía, A Mariña tiene el encanto de descubrir, a poco que se repare en ella, la contradictoria relación que la capital arousana ha tenido siempre con el mar. Primero se buscaron ambos, y por eso se instalaron allí, en la línea de costa que entonces unía O Castro con cabo da vila -como se conocía entonces a lo que hoy es O Ramal-, casas y empresas. Sin embargo, por entonces, a lo largo del siglo XIX, al mar todavía se le tenía respeto, así que las edificaciones buscaban su proximidad pero al mismo tiempo le daban la espalda y volcaban hacia él sus fachadas traseras. También esta etapa de desconfianza pasaría, y los vilagarcianos no solo se atreverían a mirar al mar, sino que, algunos años después, comenzarían su conquista hasta hacer que A Mariña dejase de hacer honor a su nombre.? En cuanto a su nomenclatura, por cierto, A Mariña no sería conocida como tal hasta bien entrado el siglo XX. Previamente, la calle estaba dividida en varios tramos, cada uno de ellos con su denominación: Ribeira Sur, Alameda, Mariña Norte y Santa Lucía.

Desde O Castro, la calle fue extendiéndose a medida que el puerto crecía. La primera ubicación de este fue en O Castro hasta la desembocadura del río de O Con. Con la llegada de los fomentadores catalanes, que impulsaron la salazón y la conserva en la comarca, el puerto fue creciendo hacia el norte hasta llegar al edificio León XIII, detrás de A Peixería, que originalmente fue, precisamente, una fábrica de salazón.

La evolución, y los años, irían llevando la zona portuaria hasta la plaza de Carús y, a finales del siglo XIX, hasta el llamado muelle de Cuevas, que arrancaba muy cerquita del lugar en el que hoy comienza A Mariña, en el cruce con Conde Vallellano, y que después continuaría otra vez hacia el norte con el dique que mandó construir Juan García en todo el frente de la Alameda. Y así hasta llegar al muelle de hierro.

Con el mar al pie de la calle no resulta extraño que la seguridad fuese una de las principales preocupaciones del Concello. Las obras del muelle de hierro, precisamente, agravaron el mal estado de la vía, hasta que el gobierno local se vio obligado a pedir auxilio a Fomento para que acometiese obras urgentes encaminadas a garantizar la integridad de la calle y de sus edificios. Se hicieron algunas actuaciones, pero el problema no llegó a solucionarse totalmente.

Así que en 1896 la corporación decidió atajar el asunto de forma definitiva y proyectó hacer un relleno en la playa, desde la Alameda hasta Santa Lucía, y construir un muro de contención. Tampoco esta sería la imagen definitiva de A Mariña. En 1906 la calle comenzó a empedrarse, una tarea que se completó en los años veinte.

Seguramente no contaban los munícipes de entonces con que el volumen de mercancías que el puerto iba a mover acabaría por convertir la playa en un depósito de troncos a la espera de ser embarcados. ¿Playa o pinar?, se preguntaba el semanario Vilagarcía-Carril en el 1900, criticando la suciedad del arenal como consecuencia de la actividad portuaria. Así continuaría hasta los años veinte, cuando con las obras del Puerto pudo trasladarse buena parte de la actividad hacia O Cavadelo y Ferrazo.

El movimiento portuario tenía, pues, sus desventajas, pero también tuvo su lado positivo. En el entorno de A Mariña se instalaron consignatarias y navieras, y también algunas sociedades de recreo -el Club de Mar, por ejemplo, que todavía se mantiene-. Y hoteles y pensiones, con el Casablanca al frente, que abrió sus puertas el día de Reyes de 1924.