Pocos habrían pensado en el Campo de Cabritas como sede del Consistorio, pero Ravella lo hizo
07 jul 2013 . Actualizado a las 06:54 h.Solo los más valientes habrían apostado que la Casa Consistorial de Vilagarcía tendría su sede en el por entonces desangelado Campo de Cabritas. Pero cuando, después de cincuenta años de itinerancia por distintos edificios, se pensó que las oficinas municipales deberían asentarse en un espacio adecuado para una ciudad en crecimiento, ese fue el emplazamiento elegido. Cualquiera hubiese pensado en A Mariña, o en las inmediaciones de la iglesia. Pero el entonces alcalde de la villa, Francisco Ravella, decidió apostar por el ensanche hacia el que Vilagarcía estaba llamada a crecer, por el Campo de Cabritas que, haciendo honor a su nombre, por esas fechas era un prado en el que pastaban las cabras.
Corría 1883 cuando el alcalde Ravella firmó el acuerdo con el marqués de Vilagarcía para adquirir ese solar. La compra supuso un desembolso de 25.000 pesetas, aunque también incluía los tinglados del mercado que se celebraba en la hoy plaza de la Independencia y la facultad que el marquesado tenía de cobrar por las transacciones comerciales que allí se realizaban.
En 1884, el arquitecto municipal de Santiago, Faustino Domínguez, hijo del autor de la plaza de A Peixería, firmaba el proyecto de distribución del Campo de Cabritas. Un diseño que, tal como explica el historiador Manuel Villaronga en su libro A Vilagarcía das vellas postais, había elaborado el maestre de obras Manuel Pereiro, que no estaba autorizado para firmarlo. Mientras, el proyecto del futuro Consistorio fue encargado al arquitecto Domingo Rodríguez-Sesmero, quien había hecho, tres años antes, los planos de la Diputación de Pontevedra.
Las obras se adjudicaron en junio del año 1887, con un presupuesto de 105.040 pesetas. Para conseguirlo, el Concello pidió un préstamo a varios empresarios con negocios en Vilagarcía. El 25 de enero de 1891 el edificio que todavía hoy alberga las oficinas municipales era inaugurado.
El jardín de la controversia
Seis años después se aprobaban las reformas en el jardín, germen de la primera de las polémicas que afectaron a este espacio. Entonces fueron los árboles, pues se decidió talar unos robles centenarios que, según narraba la publicación Galicia Nueva en 1915, «convidaban al reposo y a la meditación». Se pensó que sus copas enturbiaban la vista de la fachada de la Casa Consistorial, así que «los hombres, en su afán reprobable de enmendar a la Naturaleza, decretaron su tala».
Fue el alcalde Castor Sánchez quien promovió la creación de un jardín frente a la Casa Consistorial, aunque en 1900, cuando se iniciaron las obras, ya había dejado de regir los destinos de la ciudad. Una fuente, hoy en la plaza de España, adornaba ese espacio, y tres carreras y «jardincillos a la inglesa con charcos en el centro» eran las claves del proyecto. Sesenta acacias llegaron desde Casa Aldfen, en Barcelona, mientras que los bancos fueron adquiridos a la fábrica de fundición Alemparte, en Carril, a diez pesetas cada uno.
En los años veinte los jardines sufrieron una nueva transformación, al construirse los bancos poligonales de baldosas, con chafarices en el centro, y el banco también forrado de azulejos que rodeaba un magnolio. Estos bancos fueron origen de la última de las polémicas relacionadas con este entorno. A finales del 2010, el derribo de las estructuras desencadenó la dimisión del concejal socialista Marcelino Abuín. Hoy, una imitación de aquellos bancos vuelve a presidir los jardines de Ravella.