Hace un siglo funcionaban tres salas, a pesar de que solo había seis mil habitantes
21 abr 2013 . Actualizado a las 06:57 h.Los vilagarcianos de hace un siglo tenían de sobre con qué divertirse. Es de suponer que las tertulias del Café Poyán estarían animadísimas con todos los chascarrillos políticos que provocó el proceso de fusión de los concellos de Vilagarcía, Vilaxoán y Carril, pero tras el puro y la copa, a los ciudadanos de la que era entonces una de las villas más modernas de Galicia les sobraba con qué disfrutar de las horas nocturnas. No tenían tele, pero tenían teatro. Tres salas para ser más exactos, de tal manera que, a pesar de que la población no superaba los 6.000 habitantes, el número de butacas que se ofrecían era mayor que las que hay hoy en día. Unas 1.500 entonces y poco más 1.000 en la actualidad. O dicho de otra manera, una plaza teatral por cada cuatro habitantes hace cien años y una por cada 38 ahora.
El fenómeno tiene una explicación lógica. El crecimiento portuario, el tráfico de pasajeros que emigraban a América y el incipiente tránsito de mercancías que llegaban de otros países hicieron de Vilagarcía la vanguardia gallega, y quizás también española, porque con los barcos venían las modas, los más modernos diseños, las últimas tendencias artísticas y, por supuesto, las cupletistas. A todo ello se sumaba la continua presencia de la Arousa Bay y todo lo que los marineros ingleses y alemanes traían consigo. Pero es que además, en los felices veinte, vecinos y visitantes tenían dinero para disfrutar de los espectáculos culturales y festivos, y Vilagarcía se los daba.
Los titiriteros ambulantes
El teatro en Vilagarcía, como en el resto de España, salió de las iglesias para conquistar las calles con compañías de titiriteros ambulantes que recorrían la piel de toro con sus espectáculos. Hasta que llegaron los corrales de comedias y con ellos, las primeras salas de representación estable. La capital arousana se estrenó con el Salón García -el pequeño teatro que ahora se está rehabilitando en la casa de cultura de Rey Daviña-. Lo promovió Juan García Porto, un comerciante y banquero que había hecho fortuna en Estados Unidos y que quiso ofrecer a los vilagarcianos una sala de tertulia siguiendo la moda de otras ciudades. Por eso, cuando se creó en el año 1884, siendo alcalde Ravella, se llamaba Teatro de la Tertulia de Confianza. Años después cambió de dueño y pasó a llamarse Salón García.
Cinematógrafo
Si la inauguración del teatro de Rey Daviña coincidió con los años en los que se empezaba a gestar la futura fusión de los concellos, porque ya Vilagarcía le tomaba la delantera a Carril, la apertura veinte años después del Varietés se fraguó al mismo tiempo que el proceso para comprar Cortegada con la intención de que el rey fijase en la isla su residencia veraniega. Muy a tono con la copla, el cuplé y los espectáculos cortesanos que se exhibían en el nuevo teatro. La licencia de construcción la solicitó Annibal Díaz López en 1907, e inicialmente su intención era destinar el edificio a un cinematógrafo. Lo fue también, pero su principal actividad fueron los espectáculos y los números musicales.
Y como no hay dos sin tres, luego vino el Salón Villagarcía, que coincidió con la unión efectiva de los tres concellos. Se abrió en lo que hoy es el pabellón de la calle Castelao con la noble intención de democratizar y facilitar el acceso a la cultura, de ahí que casi alcanzase las mil localidades. Extraña manera de democratizar, porque los palcos dividía al público por clases sociales.
O sea, que en tres décadas, Vilagarcía abrió tres salas de teatro. Cada una con su personalidad, su historia y sus anécdotas. Se las contaremos, una a una, en las próximas semanas. El show debe continuar, decía Queen.