Hace años tuve la poco afortunada ocurrencia de ir hasta el País Vasco en tren. De Vilagarcía a Vigo lo hice en un cómodo cercanías, y casi se me cae el mundo encima cuando vi en qué ferrocarril del siglo XIX tenía que hacer el resto del viaje, sin espacio en el que doblar las piernas y con un rancio olor a tabaco que me revolvió el estómago en las horas que duró el viaje, que ya ni recuerdo ni me quiero acordar de cuántas fueron. Me quedó claro entonces que en Galicia teníamos un grave problema con el tren de largas distancias, y seguimos teniéndolo. Ahora, Fomento parece que apuesta por fin por agilizar el AVE. Y eso está bien, pero lo que ya no parece lógico es que lo haga a costa de las cercanías. Renfe está cambiando estos días algunos de los trenes del corredor atlántico, incorporando unos modernos y cómodos convoyes con servicio para bicicletas, coches de bebés y ordenadores. Un aplauso por ello. Pero no parece de recibo seguir estrenando trenes de cercanías si después se recortan paradas y servicios. El coche sigue siendo una sangría, y el avión hace ya tiempo que dejó de ser el mejor medio de transporte. El tren, como mucho, los supera a todos. No lo dejemos morir.