Con licencia para pescar

El gusto por el submarinismo es un legado familiar en la casa de los Díaz. El padre preside la A.C.D. A Raspa y la hija se mete bajo las aguas desde los 13 años


A pesar de que el refrán dice aquello de «dos cuarenta para arriba non molles a barriga», Agustín Díaz sigue bajando a explorar los fondos marinos y de paso, capturar alguna pieza. Él, presidente de la Asociación Cultural y Deportiva A Raspa, lleva la pesca submarina metida en las venas. Y eso se nota y se transmite, tanto a su entorno más próximo como a su familia.

De hecho, su hija Belén va por los mismos derroteros. Empezó a los 13 años siguiendo las últimas burbujas que manaban del tubo de respiración de su padre y hoy es el día que bajo el agua casi no hay diferencias entre el gran experto y la aprendiz. «Aí abaixo todo é diferente, especial, máxico...» dice ella, como quien cuenta un mundo recién descubierto y ajeno a la gran mayoría de la población.

Los buceadores a pulmón firman en su bautismo de mar un pacto con los tiempos de la respiración que jamás pueden quebrantar. Un error de cálculo a varios metros de profundidad podría ser fatal, pero eso ya se sabe. Lo que quizás no sea tan evidente es que la placentera sensación del buceador sumergido puede invitar a que siga mirando hacia los fondos y se olvide de purgar el poco aire contenido en el cuerpo. Por eso, porque se tiene que consumir en vaso pequeño, el buceo encandila a estos niveles.

Belén y Agustín coinciden en tildar la pesca submarina como «o mundo do silencio» en el que en inmersiones de alrededor de un minuto se debe intentar ganar la partida a los amos del mar, los peces.

Entre pintos y maragotas

Las mascotas de la familia Díaz no son cachorros de perros o gatos. Lo que realmente les atrae es nadar entre bancos de peces. Esperar, mezclarse con las algas y dejarse llevar por las corrientes. Entre bajada y bajada ha cambiado el telón de fondo. Los peces no esperan para convertirse en pescados. Los peces siguen su estela infinita, su rumbo marcado por el instinto y en el buen hacer del pescador submarino está el romper ese equilibrio natural.

El hombre acostumbra a interferir en esa paz marina. «Cando pasa unha lancha a medio kilómetro parece que a tes encima da cabeza», dice el vetarano buceador ante la atenta mirada de complicidad de su pupila.

¿Y cuántas cenas se habrán ganado con las capturas de la tarde?, pues: «Moitas», responden al unísono padre e hija entre risas. Lo que más capturan son «pintos, maragotas, lubinas ou sargos», aunque estas no son las únicas especies de nuestra ría.

De hecho, la peor experiencia de la benjamina fue «con un congrio que me topei de frente». En esa lucha, la del ser humano contra el congrio agazapado en su gruta, el arpón no siempre es suficiente. Innumerables son ya los disparos fallidos que han doblado el proyectil y han provocado el ataque de uno de los fondistas marinos menos queridos. Por cierto que el álbum de fotos de Agustín guarda «un congrio de 22 kilos, que medía máis ca mín de alto».

Una tradición creciente

En Arousa, A Raspa sigue sembrando tradición y recolectando éxitos. En sus filas están los actuales campeones de España y de Galicia de la especialidad. Suman más de una treintena de socios y prometen coquetear con las inmersiones con botella, aunque a Agustín no le gusta eso de bajar «con peso na espalda».

De lo que si es abanderado el buceo, es de la lucha contra el tabaco porque los pescadores temen más al humo que a un congrio enfadado.

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